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Diferentes maneras de manifestarse o diferentes maneras de reprimir, por Paula Vilches

Puente Pueyrredón ¿reclamos ilegítimos?:

1-En lo que respecta al primer video visto en clase acerca de los hechos ocurridos en Puente Pueyrredón, el tema puede ser definido como Caos y violencia. En el texto de Martín Iglesias “expresión pública, la figura del caos”, (extraído del libro Mediados. Sentidos sociales y sociedad a partir de los medios masivos de comunicación), se hace referencia a que la noticia se construye a partir del perjuicio que genera la expresión pública, no se pregunta quiénes participan, qué los lleva a realizar el corte ni la modalidad que emplean, se prefiere espectacularizar los hechos y dar cuenta del caos, desborde y violencia que imperan de acuerdo a la visión mediática.

Según la autora Sonia Hernández García, tomando a su vez a otros autores como Perceval Y Reguillo, “para que el proceso de exclusión sea posible es necesaria “una imagen del otro, y habiéndolo reducido previamente a uno solo”, es decir se requiere la imagen del homosexual, el cholo, el ladrón, el drogadicto, y quienes nos proporcionan una imagen de ellos son los medios. Pero en esta presentación de los hechos, que en realidad es una representación, “Lo que nunca se revela son las condiciones estructurales que explican, más allá de la anécdota, el drama de estos actores sociales, invisibilizando o neutralizando los mecanismos sociales que están a la raíz de las pequeñas o grandes tragedias individuales”; según mi interpretación de la cita puede entenderse como un conflicto de intereses entre medios y actores sociales, los primeros actúan con respecto a los segundos de acuerdo a su conveniencia.

2-No se puede decir que se lo ubica dentro de una sucesión de hechos sino más bien se habla de un enfrentamiento en el cual “la muchedumbre” estaba preparada para atacar y la policía frente a la provocación comienza a reprimir. En una parte de la cobertura de la noticia el periodista se refiere a “la chispa que la hizo detonar”, como algo que se dio en ese momento sin motivos aparentes, hechos que se desencadenaron mientras se producía la manifestación y no tenían procedencia; Esteban Rodríguez en su texto “Cubriendo la noticia” hace referencia a la descontextualización que se produce en el armado de las noticias, “relevar la noticia desentendiéndose de las condiciones sociales y culturales, es decir, postulando la realidad más allá de la historia”.

3-Los protagonistas son caracterizados como piqueteros o muchedumbre, en un principio, ya que la noticia se va formando con el correr del tiempo y quienes fueron una muchedumbre enardecida luego cuando son reprimidos, se transforman en “víctimas que se multiplican y cubren Avellaneda”, (según palabras del propio movilero), en militantes, de acuerdo a la frase que utiliza Julio Bazán : “por la espalda le entraron al militante para que no pueda levantarse jamás” dando a entender que murió atacado por la espalda sin poder defenderse, como un inocente y no como un piquetero armado con palos y con la cara tapada (como se lo caracteriza en un principio), murió en pos de todas las personas que allí estaban, se convirtió en un mártir con su muerte.

Por otro lado está la policía identificada como desfile de fuerza en un primer momento esperando su intervención y luego mostrada como violenta, ineficaz, represiva, ridiculizada por lo sucedido en el hall del hospital donde se encontraban los heridos, vulnerable ya que el comisario Franchiotti es atacado a la vista de todos y como vengativa dado que luego de ello arman un operativo para detener a quienes estaban en el hospital aguardando por los heridos (“todos piqueteros”).

4-Considerando que gran parte de los hechos nos llegan por boca de un periodista como Julio Bazán se puede decir que el enunciador se parece más a un narrador de una película que a un movilero, ya que le agrega cuotas altas de dramatismo y frases cuasi metafóricas.

5-No es tan evidente la forma de dirigirse al televidente se apela a causar impresión mediante la imágenes, generar impacto visual, recurrir a la emoción o a tomar partido ante los hechos, es decir, lo que hacen los piqueteros está mal y la policía debe proceder e intervenir para liberar la circulación; lo que plantea Esteban Rodríguez en su texto es que “a nadie se le ocurrió, en ningún momento, postular al cordón policial que se interpuso entre los manifestantes como una provocación que estaba para romper la movilización que inmediatamente después sería emboscada con un operativo planificado...”.

6-Según el texto de Martín Iglesias “un argumento repetido hasta el cansancio en los diarios y la t.v es el que sostiene la inconstitucionalidad de los cortes de ruta por vulnerar los derechos de los demás”. La ley se caracteriza como la defensora de la ciudadanía, ciudadanos no son los piqueteros, encapuchados que reclaman por trabajo y comida sino los que ya poseen un trabajo y no pueden llegar a él por causa de los primeros. En este caso se hace una primera apreciación sobre las fuerzas policiales como resguardando la seguridad y en un segundo momento como los culpables de las muertes de Maximiliano y Darío.

7-Se hace una reflexión de tipo general pero de los hechos ocurridos, (es decir de los asesinatos de los jóvenes), no por que sucedió la manifestación, quienes participaron, que reclamaban o el accionar de la policía; esto se da luego de llamarlos piqueteros después de la muerte adquieren el carácter de personas con rostro, nombres y objetivos.

Estación Castelar ¿Locura Colectiva?:

1-El tema del que se informa varía a cada momento de acuerdo al medio se colocan diferentes titulares, según Todo Noticias “llegó la policía a la estación”, “intentan despejar las vías”, “Mucha gente y mucho descontento”, para América 24 antes del incendio de los vagones los pasajeros estaban indignados, luego la movilera discute con una pasajera sobre el modo que tienen de proceder los que se encuentran en la estación y llega a la conclusión de que no es entendible tanta violencia.

Para C5N los titulares alternan entre “tensión en la estación” “la gente quiere viajar y no tiene como hacerlo”, hasta “incendian vagón” o el más llamativo “locura colectiva”; incluyendo la música de fondo tal como si fuera una película más el helicóptero del canal que sobrevuela la zona; de lo cual puedo desprender la siguiente reflexión: debemos tener en cuenta ¿Quién nos habla? como afirman los autores Teijeiro, Farré y Pedemonte en el texto, “Representación social de los sujetos de la protesta en Azul Noticias y Telenoche”, dentro del macroenunciador que es el programa “...este habla por medio de múltiples signos tales como, el sobreimpreso elegido, la música añadida, la edición de la nota, el espacio-tiempo dedicado al tema, las fuentes escogidas, etc.”. Todos elementos fundamentales que le asignan importancia o no al tema en cuestión.

2-En ningún momento se intenta profundizar acerca de lo que está sucediendo, tanto los movileros como los periodistas que se encuentran en el canal se van informando de acuerdo al momento, se juzgan los hechos como si se tratara de cualquier persona viendo la televisión en su casa y no profesionales, no se llega a un análisis profundo, sí se compara con el caso de Haedo, es lo que Rodríguez denomina pereza intelectual: “cuando se dice que las cosas son siempre iguales que lo que ocurrió hoy es igual a lo que sucedió ayer...”,situación en la que tampoco se determinó que fue lo que ocurrió.

Cuando en conversación telefónica con Gustavo Gago, gerente de Relaciones Institucionales y Comunicaciones Externas de TBA este afirma “no estoy justificando a los usuarios. La empresa no tiene nada para autocriticarse”, de alguna manera se están ignorando las causas y problemas que existen en el servicio hace ya mucho tiempo y buscando por parte del medio la oposición entre los discursos de los pasajeros y el de la empresa.

3-En un principio son pasajeros indignados que quieren viajar y luego en aproximadamente dos horas son transformados en vándalos a los que es necesario reprimir o encarcelar. La policía se hace presente casi por el reclamo a gritos de los periodistas que titulan “no hay un solo detenido”, o que repiten la policía no aparece, en varios canales a la vez.

Emerge la policía y los titulares se van modificando, “avance de la policía”, “recuperaron las vías” y el alivio generalizado se hace presente.

4-El o los enunciadores tienen un lugar principal, protagónico sobre todo la movilera de América 24 que discute con una pasajera imponiendo, porque en definitiva ella es quien conserva el micrófono, su punto de vista; según Esteban Rodríguez “las preguntas no están para “preguntar” sino para corroborar la opinión que tiene el periodista y el medio...”. O también es el caso de la cronista de C5N que como afirma Rodríguez en una tendencia a la autorreferencialidad, a asumir el centro de la noticia se posiciona como protagonista ocultando cualquier otro punto de vista que no sea el de ella misma”, esto es evidente ya que la única persona que habla es ella.

Por otro lado Crónica se coloca del lado de los pasajeros, de quienes necesitan ir a trabajar, de quienes pierden el presentismo, se oyen diferentes voces y el movilero cede en parte su lugar para que se escuchen.

5- Se apela al televidente incentivando a la acción mediante una transmisión ininterrumpida casi como si se tratara de una novela o una película de ciencia ficción manteniendo la tensión y el suspenso, todo el tiempo que sea posible.

6- La ley se caracteriza como lo necesario para mantener el orden, en esa situación descripta por C5N como de “locura colectiva”, se llama a la acción, a la intervención de la fuerza para frenar el caos; pero en relación al caso anterior ,(de puente Pueyrredón), me pregunto qué hubiera sucedido si la policía llegaba y comenzaba a disparar contra los pasajeros que en realidad a esta altura eran un grupo organizado de personas cuyo objetivo era destruir el/los tren (para los diversos canales), ¿en qué se hubiera transformado el discurso periodístico si desde un primer momento se pedía por la policía?, seguramente se hubiera juzgado el accionar como negativo y tratado al herido o al muerto como un pasajero que sólo quería llegar a su trabajo.

7-A mi entender no se reflexiona en ningún momento sobre el tema de la violencia en profundidad; la juzgan desde un lugar muy cómodo, tanto movileros como periodistas en el estudio se encargan de discriminar que esta bien de lo que está mal y reclamar para que los paren, los repriman, encarcelen, pero jamás se preguntan o cuestionan luego de los hechos que fue lo que sucedió.

Mientras analizamos este caso ocurrido en 2009 suceden los mismos hechos en mayo de 2011 y dado que “surgieron otros temas” el tratamiento desde los medios fue nuevamente fugaz.

Bibliografía:

· Iglesias, Martín (2005): “Unidad temática: expresión pública, la figura del caos”. En Mediados. Sentidos sociales y sociedad a partir de los medios masivos de comunicación. Cuaderno de Trabajo N° 57. Buenos Aires, Ediciones del Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos.

· Álvarez Teijeiro, Carlos, Farré, Marcela y Fernández Pedemonte, Damián (2002): “Representación social de los sujetos de la protesta en Azul Noticias y Telenoche (diciembre 2001). En Medios de comunicación y protesta social. Buenos Aires, La Crujía.

· Hernández García, Sonia (2002): “Un acercamiento a la nota roja: la inclusión y exclusión de las clases vulnerables”. En www.saladeprensa.org, 45, julio, año IV, Vol.2.

· Rodríguez, Esteban: “Cubriendo la noticia”. El papel de los periodistas en la representación de la protesta social”.

Violencia, Medios de Comunicación y Guerra, por Mariana Ortega

Para abordar las temáticas de la Unidad II, “Violencia y Sociedad”, trabajaré con un artículo periodístico sobre la guerra en Irak, o mejor dicho sobre la guerra de EEUU contra Irak, el cual me provee de material para tratar esta problemática desde los textos vistos en clase. Dicho articulo, se tituló: “Obama anunciará hoy el fin de la guerra en Irak”, y fue publicado el 31 de agosto de 2010, por el periódico matutino La Mañana de Neuquén. En el mismo, anexado al final del ensayo, hace referencia en un par de párrafos al presunto retiro de las tropas de Estados Unidos en Irak y refieren de manera acotada los motivos de la invasión y de su finalización.

Como bien sabemos, los medios de comunicación basan buena parte de su información de noticias sobre los conflictos internacionales que suceden en todo el mundo. Tal como lo plantea Carlos Zeller la Guerra, es un tema central de la información periodística, ya que como en todo conflicto, los actores se enfrentan por intereses económicos, políticos y/o geográficos. Sin embargo, la forma en que los medios abordan esta problemática, no siempre se caracteriza por la intención de informar, en muchas ocasiones sólo buscan el alto impacto en la audiencia y la venta a través de la formación de una opinión y de una realidad meramente construida y muchas veces falseada, como se especifica en el articulo periodístico, respecto de las ideas al iniciar el combate bélico, titulado “Operación Libertad para Irak”, en el 2003: “la guerra en Irak, buscó derrocar a Saddam Hussein, restituir la democracia y destruir las armas de destrucción masiva que eran entregadas a los terroristas”. Esta justificación que se utilizó para invadir un país, posteriormente se mostró como falsa. Se comprobó que no existían las pretendidas armas de destrucción masiva, ya que luego de la invasión, el Grupo de Investigación en Irak llegó a la conclusión de que Irak había terminado sus programas para desarrollar dichas armas en 1991. Además, la muerte del líder iraki Saddam Hussein, viene a ser justificada por los Estados Unidos, ya que según ellos él habría cooperado para la realización del atentado a las Torres Gemelas, el 11 de septiembre de 2001. Sin embargo, no pudieron hallar pruebas de que existiera una relación de cooperación entre Saddam Hussein y Al Qaeda. Los medios de comunicación difundieron primero todas estas noticias como reales, verdaderas y después, pasado el tiempo sin hallar pruebas, tuvieron que desdecirse. Como menciona Penalva, en la guerra, a través de la propaganda como el medio más eficaz para legitimar la violencia, se difunde una versión parcial de la realidad y el falseamiento de la misma, ya que aparte de estas versiones falsas, Estados Unidos también justifico su invasión a partir de las siguientes afirmaciones: el apoyo financiero de Irak para las familias de terroristas suicidas palestinos, violaciones de los derechos humanos por parte del gobierno iraquí y propagación de la democracia. Para la difusión de estas versiones, los gobiernos, en este caso el de EEUU, disponen de medios afines y silencian a los medios opositores. Dice Penalva que “la propaganda es un viejo recurso que funciona actualizándose sobre nuevos enemigos para justificar intervenciones en todo el planeta”. Además del consentimiento de la población, también se consigue su activa participación en la lucha, como señala el artículo “participaron más de un millón de uniformados estadounidenses”. Sin embargo, el artículo omite cuantos soldados irakies participaron del conflicto, cuantos civiles fueron muertos y cuantos uniformados estadounidenses perecieron en el campo de batalla. Esto nos proporciona sólo una versión parcial de dicho conflicto. Tampoco se explican las verdaderas raíces del conflicto ni las relaciones que históricamente se desarrollaron entre oriente y occidente que en muchos casos se encuentran en la pobreza, la desigualdad y la marginalidad.

Como se viene sosteniendo los gobiernos necesitan crear una imagen negativa del adversario, desmoralizarlo, y los medios de comunicación cumplen a la perfección esta tarea. Para lo cual muchas veces, exageran la amenaza real que determinados clases sociales o grupos “delincuentes/ terroristas”, tienen para la sociedad, generando preocupación y muchas veces pánico, viendo en el “otro”, distinto a uno, un enemigo racial, potentemente destructor y asesino. La información disponible refuerza los estereotipos occidentales y desvía la atención del público hacia las manifestaciones más impactantes del conflicto. Esto lleva a demandas sociales que exigen al poder establecido protección, como son las demandas en nuestro país y en cualquier otro, bajo el rotulo de “mayor Seguridad”. En el caso de la guerra en Irak, se podía ver claramente cómo luego del atentado a las Torres Gemelas, la sociedad en general sentía un importante temor a cualquier individuo perteneciente al Islam. Ya que los medios locales de EEUU o la mayoría de los medios de occidente en general, exacerbaban las diferencias étnicas. Sin embargo, no todos los terroristas son musulmanes ni todos los musulmanes son terroristas. Esto lleva como dice Penalva a caracterizar los conflictos como puramente étnicos. El autor, señala que el etiquetamiento es unos de los principales recursos de la persuasión y de la violencia cultural. Esto sucede con frecuencia dada una visión parcial y estereotipos creados por los medios de comunicación, que degeneran y distorsionan la realidad. Como señala G. Gerbner, desde la guerra civil, los antagonismos de clase, expresados en términos raciales, sexuales e incluso religiosos, dominaron los conflictos en Estados Unidos. Los medios de comunicación fueron utilizados por el gobierno para crear y promocionar una imagen del adversario afín con su campaña belicista.

Panalva, aporta a esta problemática el planteo de la violencia representada y de la sobrerrepresentación de la violencia difundida a través de los medios. Dice que en este tipo de coberturas se habla más de la violencia generada en el campo de batalla que de la resolución de dichos conflictos, y dice que si se tiene en cuenta que muchas veces los conflictos se resuelven de modo no violento se deduce que en los medios se produce una sobre-representación de la violencia. También lo menciona G. Gerbner cuando asegura que hay pocos estudios sobre la atención que presta la prensa a las cuestiones de la paz y la guerra.

Los autores explican que esto sucede porque así lo exige la mercantilización de la información, por la búsqueda de una respuesta emocional del público a través de la preferencia por las imágenes violentas bajo la dictadura del tiempo real. Esto pude verse claramente en este conflicto en la ejecución del líder Saddam Hussein y la exhibición reiterada de su cadáver en los noticieros y en todas las portadas de los diarios del mundo. Lo mismo ocurre cuando algún medio (noticiero o periódico) publica imágenes de los desastres que producen las guerras en la sociedad civil o lo que dejó la guerra, como enfermedades, síndromes y discapacidades. Es lo que Penalva denomina “Efecto CNN”, la apelación al “humanitarismo”, la preferencia en la inmediatez de la imagen, el afán de los medios de comunicación por buscar y mostrar imágenes de alto impacto, cuando en la realidad, la imagen sola no es capaz de explicar las raíces económicas, sociopolíticas y culturales de los conflictos bélicos. Estas situaciones reiteradas por los medios, llevan a distorsiones que privan al conocimiento del ciudadano del contexto y en la que los destinatarios sólo se quedan con la imagen de las sociedades irracionales y con el sentimiento humanitario de compasión por las victimas. Esto también es usado por los gobiernos enfrentados para desligar responsabilidades y ganar adeptos a sus posturas, consiguiendo el apoyo de los ciudadanos y aliados de otros países.

Si bien es verdad que hoy existe una mayor conciencia en la población en general, acerca del conocimiento de derechos y libertades de los ciudadanos y de las resoluciones pacificas de los conflictos, no se puede negar que la manipulación desde los medios de comunicación también existe, y que hay enormes intereses políticos y económicos detrás de estos poderosos aparatos ideológicos, mucho más aún cuando se debaten intensos intereses como los yacimientos petrolíferos que posee el país de Irak. Los autores abordados opinan desde distintos lugares que en la guerra el análisis que realiza el periodismo es incompleto e inconsistente, dominados por la lógica comercial de la oferta y la demanda, están más atentos al foco del conflicto, que a la resolución de problemas. Lo que se plantea acá es que lugar deben ocupar y que función deben cumplir periodistas y medios de comunicación. Sin intentar ir demasiado lejos acerca de la ética periodística, opino que en cuanto a la función del periodismo que considera a la sociedad constituida por ciudadanos merecedores de información completa, veraz y adecuada sobre estas problemáticas, sostengo que como profesionales deben alejarse de la inmediatez de la imagen, de la dictadura del tiempo real, de la mercantilización de la información y de vez en cuando atender las dimensiones ausentes de la noticia, porque tal vez ahí se encuentre la explicación o por lo menos algunas causas que llevan a ese modo de enfrentamiento, más cercano a problemas estructurales como la pobreza, la exclusión y la desigualdad de las poblaciones afectadas.

Bibliografía Consultada

Penalva, Clemente (2002): “El tratamiento de la violencia en los medios de comunicación”.Alternativas. Cuadernos de Trabajo Social, nº 10, pp. 395-412.

Gerbner, George (1990). La violencia y el terror en los medios de comunicación de Masas (fragmento). París, UNESCO.

Zeller, Carlos (2007) “La representación periodística de la violencia y de la desigualdad social”. En www.portalcomunicación.com

http://www.lmneuquen.com.ar/noticias/2010/8/31/81584.php

“Info-mercancía” e industria del caos: El rol de los medios de comunicación masiva en la representación de la protesta social, Luciano López Baltare

Para reflexionar sobre esta temática, nos posicionamos en un espacio que requiere algunas definiciones básicas. En primera instancia, hablar de “mercancía” e “industria” ya propone un enfoque: estudiar un aspecto de los medios de comunicación masiva ligados con su accionar en el mercado. Es en este sitio, donde se pretende analizar la presencia supuestamente excesiva de representaciones de violencia.

Según Clemente Penalva[1], “parece ser el mercado el que explica, por razones de supuesta hegemonía del consumidor, la aplicación del modelo de entretenimiento (…) a todos los contenidos y géneros mediáticos”. Esta afirmación, intenta dar una explicación al salto cuantitativo que las escenas de violencia vienen demostrando en los medio masivos de comunicación.

Según esta lógica, en una sociedad capitalista, los medios (en tanto empresas lucrativas) deben competir con sus semejantes amarrados a las mismas reglas que el mercado impone para cualquier otro ámbito de la economía. En este marco, se suele explicar que la escalada de violencia mediática, se debe a una igual escalada en la demanda de la misma (la TV le da al espectador lo que este quiere ver).

Existe lo que los estudiosos denominan el fenómeno de “atracción”, que estaría motivada, en el caso de la violencia, por una necesidad de emociones fuertes, y una mirada morbosa que se satisface con este tipo de imágenes.

La ecuación del mercado vendría a completarla la pauta publicitaria, que es la que sostiene esta estructura mercantilista de los medios masivos. Exige mediante la dinámica de poner/sacar su pauta publicitaria la supremacía de ciertos contenidos, por encima de otros.

A su vez, los medios tienen una doble necesidad que redunda en las características de la violencia representada. En primera instancia una necesidad de “economía política”, los medios masivos requieren cierto esquematismo en sus productos. Esto los vuelve más baratos y fáciles de ser reproducidos (relación con la producción en serie), y además, aquí la segunda cuestión, los vuelve de lectura universal. Generan un pacto de lectura con sus seguidores, de modo que se hacen más fácilmente vendibles en los mercados internacionales.

Penalva plantea que aún los noticieros se ven gobernados por la lógica del entretenimiento, y que abunda en ellos la representación y la sobre-representación de la violencia, configurando de este modo un tipo de información mercantilizada. Existe en ellos, un predominio de lo acontecimientos negativos, pero abordados de manera tan dinámica, que no posen profundidad alguna, ni voluntad de representar de manera compleja y completa los conflictos (amén de no mencionar las posibles soluciones, y muy pocas veces las concretas).

Esta breve descripción del los motivos que encuentran los medios masivos de comunicación a la hora de construir ciertos recortes sobre la realidad, o darle cierto formato a su ficciones, debe ser complementada con una mirada más aguda y pormenorizada de los mecanismos que estos utilizan a la hora de configurar una realidad particular. Esto esta íntimamente ligado con ciertos prejuicios de clase y con la necesidad de estas de mantener un statu quo en la sociedad que se despliegan.

En este sentido, Martín Iglesias[2] hace un interesante relevamiento en los diarios La Nación, Clarín y Crónica intentando ver los diferentes modos en que los medios masivos representan la creciente aparición de movimientos sociales con reclamos particulares. En torno a este nuevo sujeto social, estos diarios[3] (y se podría pensar en sus correlatos televisivos y radiales) construyen una imagen particular, intentando deslegitimar su accionar y sus reclamos.

La figura aquí evocada es la del “caos”. Construyen las intervenciones en el espacio público desde el perjuicio que ésta genera, eso pareciera ser lo noticiable. De este modo, se dejan de lado los aspectos más importantes de la manifestación, que serían: quién reclama, qué reclama y por qué lo hacen por estos medios.

Utilizan esquemas de análisis apoyados en el prejuicio de clase, que contribuye a demonizar al sujeto manifestante y a espectacularizar el perjuicio que la manifestación causa, con el fin de deslegitimar el conflicto.

Algunos de los argumentos recurrentes en estos operativos son: la proliferación de adjetivo descalificativos que rodean a la figura del sujeto manifestante (produciendo así, de manera forzada, una cadena significante que los asocie con la ilegalidad), la utilización hasta el hartazgo del argumento sobre la “inconstitucionalidad de los cortes” por vulnerar el derecho a circular del resto de los ciudadanos (no se tiene en cuenta aquí que los derechos sociales son vulnerados constantemente y con anterioridad al reclamo. De hecho, esta violación suele ser el motivo de los mismos), el empleo de la dicotomía civilización/barbarie, con el fin de animalizar al protestante, de degradarlo hasta lo más bajo en la escala social, etc.

Haciendo referencia a esto último, e intentando complementar la visión que justifica este modus operandi de los medios masivos desde su inserción en el mercado capitalista, sería pertinente mencionar algunos de los conceptos de Marcelo Pereyra[4] que resaltan la dimensión política de los discursos mass mediaticos. El autor dice que “Los discursos informativos pueden ser entendidos como relatos de control social en la medida en que naturalizan el accionar represivo de las agencia policiales y judiciales”, pero también pueden pensarse como “dispositivos de exclusión simbólica de los sectores sociales marginados”.

Esta propuesta, que encabeza su texto, nos da otras herramientas para hacer una lectura crítica del mensaje de los medios masivos, que resalta la necesidad de historizar los procesos en los que se ven inmersos los conflictos sociales (es decir, reponer toda su complejidad, sumando matices, voces, etc.) para una mejor comprensión de lo fenómenos.

Pereyra también encuentra en las representaciones mediáticas de la protesta social, la utilización de la figura del caos, y una construcción de la misma desde lo efectos y no desde las causas. A esto se le suma una despolitización total del conflicto. Y agrega que también “las distintas agencias del Poder sancionan la protesta. El Poder Judicial (…) en vez de proteger a los manifestantes es el primero en hostigarlos. También son cuestionados por políticos y funcionarios gubernamentales. Aún cuando durante la protesta la violencia se suele desatar a partir de represión, jueces, funcionarios y medios asignan únicamente el carácter de violentos a los piqueteros”.

Esta actuación de los medios masivos que estigmatizan a ciertos sectores y sus modos de hacer visibles sus reclamos, sumado a una sobre-representación constante de la misma, produce un estado de alarma constante en la sociedad. Este efecto, hace percibir al delito como constitutivo de lo cotidiano[5].

Si bien no esta directamente relacionado con el relato tal lo viene siendo construido, vale la pena mencionar el trabajo de Sonia Hernández García[6], y su análisis de la ubicación de la información en los medios como correlato de la segregación en el plano socio-económico.

Dice la autora que la ciudad es un gran discurso de la segregación. Todos los grandes centro urbanos generan sus zonas prescindibles (con esto hace referencia a un gran número de personas que se encuentras fuera del sistema o en sus límites, gente que vive entre la sobrevivencia y el delito). Y encuentra que este mismo mapa de situación se ve configurado en el modo en que lo medios de comunicación distribuyen las noticias, en el modo en que son dispuestas dentro de los diarios, los noticieros, etc.

Hernández García también resalta la utilización de los medios de la estigmatización del otro, de la exclusión de su voz (dando un relato único sobre los acontecimientos), de modo que prefiguran una imagen distorsionada de los demás. Nunca revelan las condiciones estructurales de los fenómenos sociales. Se da aquí una situación paradójica, los medios de comunicación masiva, en algunos casos incluyen, pues dan visibilidad a las protestas o a diferentes acontecimientos, al mismo tiempo que excluyen, pues desde su óptica estigmatizante contribuyen a reforzar los prejuicios cotidianos que recaen sobre grupos étnicos, sociales, religiosos, etc.



[1] Penalva, Clemente (2002): “el tratamiento de la violencia en los medios de comunicación”. Alternativas. Cuadernos de Trabajo Social, nº 10, pp 295-412.

[2] Iglesias, Martín (2005): “Unidad temática: expresión pública, la figura del caos”, “Recorridos de sentido” y “Aportes para un debate necesario”. En Mediados. Sentidos sociales y sociedad a partir de los medios masivos de comunicación. Cuaderno de Trabajo Nº 57. Buenos Aires, Ediciones del Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos.

[3] En este caso debe hacerse una salvedad. Más adelante en el texto, Iglesias menciona que el caso de Crónica es un tanto diferente. Si bien, en el caso que analiza, publica en tapa desde el prejuicio, abonando a la estigmatización de los grupos manifestantes, y reforzando la figura del caos que suelen presentar los otros diarios, el tratamiento de la noticia hacia el interior del mismo es más sensible a rescatar datos específicos que aportan a la comprensión del fenómeno desde otros aspectos.

[4] Pereyra, Marcelo (2005): “La criminalización mediática”. En UBA: encrucijadas, Nº 35: bueno Aires, Universidad de Buenos Aires.

[5] Para ejemplificar esto, Pereyra relata el caso de estigmatización de algunos barrios de la zona sur de la ciudad de Buenos Aires.

[6] Hernandez García, Sonia (2002): “Un acercamiento a la nota roja: la inclusión y exclusión de las clases vulnerables”. En www.saladeprensa.org, 45, julio, año IV, vol. 2.

La cobertura de la protesta social: ¿periodismo objetivo o subjetivación periodística?, por Mauro Parra

Un tema recurrente que surge de la cobertura que un sector mayoritario de los medios de comunicación hace de los sucesos de protesta social es si en verdad estos informan de forma objetiva o bien forman parte de lo que algunos autores denominan criminalización de la protesta, entendida como una de las formas para evitar la politización de lo social, es decir, para evitar pensar lo social desde el conflicto.[1] Para desentrañar esta problemática, se expondrán los recorridos conceptuales que distintos autores hacen en relación a este tema y que permiten reflexionar acerca del fenómeno de la protesta desde un paradigma del conflicto, siguiendo el planteo de Esteban Rodríguez.

El análisis parte de la visualización de dos videos que exhiben, por un lado, lo que se conoce como la “Masacre de Avellaneda” y, por otro lado, el seguimiento minuto a minuto de los acontecimientos ocasionados por el corte en el servicio de los trenes en la estación Castelar.

Un primer aspecto a tener en cuenta alrededor de los hechos de violencia es la manera en que estos son contextualizados. En muchos medios se tiende a asociar problemáticas que a veces presentan características similares y que en otros se trata de fenómenos irreconciliables porque los protagonistas no son los mismos y las causas que les dieron origen son distintas. La acción de asociar distintos fenómenos bajo una misma mirada genera el sobredimensionamiento de los acontecimientos, dando como resultado una representación distorsionada de la realidad. En el caso de los dos hechos de protesta analizados lo que se observa es, siguiendo a Penalva, una “sobrerrepresentación de la violencia” por parte de los medios de comunicación que responden a la exigencia de la progresiva mercantilización de la información. “Los medios de comunicación tienden a exagerar el verdadero peligro que determinadas clases o grupos (delincuentes, terroristas) tienen para la sociedad.”[2] Es un mecanismo de argumentación utilizado por los medios de comunicación que busca conmover y/o conmocionar al espectador. El peligro de espectacularizar hechos que son violentos consiste en la imposibilidad de inteligir la naturaleza del acontecimiento. En el caso de la protesta que tuvo lugar el 26 de junio de 2002 en las inmediaciones de la estación ferroviaria de la ciudad de Avellaneda, los grupos piqueteros integrados por movimientos de trabajadores desocupados que reclamaban un aumento general del salario, la duplicación en el monto de los subsidios para los desocupados, entre otras reivindicaciones, sus protagonistas fueron estigmatizados por los periodistas de Clarín que cubrían los hechos acusándolos de desestabilizar el orden social. En un primer momento, se los posicionó como los sujetos violentos que irrumpieron como una muchedumbre embravecida, armados con palos, piedras y gomeras provocando el caos social. Este es, siguiendo a Pereyra, “un dispositivo de exclusión simbólica de los sectores sociales marginados”[3] que ya han sido excluidos económicamente en la Argentina y apartados de la vida política, criminalizando y sancionando su acción de protesta. Tanto Iglesias como Teijeiro dan una idea de cómo la narración que los medios hacen de los sucesos de movilización social construyen un imaginario de desborde social, una situación de caos. Por ejemplo, el análisis que Iglesias hace de las editoriales del diario la Nación enfatiza el proceso de deslegitimación de la protesta que lleva a cabo el periódico, presentando a los piqueteros a partir de la recuperación de la antípoda civilización-barbarie postulada por Sarmiento allá por el siglo XIX y describiendo a estos actores como salvajes, conducidos por su irracionalidad y constituyéndose así en enemigos de un orden social constituido.[4]

Otro elemento fundamental a tener en cuenta para entender la cobertura mediática de hechos violentos consiste en identificar el lugar desde el cual el enunciador relata los hechos. La propuesta de Rodríguez supone la idea de un periodismo que reponga la historicidad de los fenómenos, es decir, desde un paradigma del conflicto que inscriba a la realidad en la historia. En su lugar, lo que acontece tanto en los relatos del corte del Puente Pueyrredón como así también de la protesta de los usuarios en la estación Castelar es “la subjetivación del periodismo de consenso”[5], lo que supone pensar a la sociedad desde la legalidad de turno, sin dar cuenta de las desigualdades sociales y descontextualizando la realidad de la historia. Así, el periodista convierte a la noticia en un espejo de su subjetividad, exagerando el sentido de los acontecimientos y cautivando al espectador a partir de su narración sobrecargada de dramatismo. Es el caso del periodista de C5N que hace un llamado a la reflexión y dice “¡Ah, están tocando la bocina! A ver si nos entendemos, la formación está siendo conducida por los pasajeros”, cuando lo que mostraban las imágenes era un servicio totalmente detenido.

En relación al rol desempeñado por los periodistas y los movileros en la cobertura de la protesta social, resulta ejemplificadora la sentencia que enuncia Rodríguez en relación a la manera en que concibe al periodismo moderno: “El periodismo contemporáneo no es un periodismo sobre el saber, sino sobre el poder; no se abordará solamente la búsqueda de la “verdad”, sino que tratará de “presionar”, imponer sanciones (…). Esto último se relaciona con la caracterización que los periodistas hacen de la ley y en qué actores la ven representada. En la protesta piquetera, la ley está representada, en un primer momento, en las fuerzas policiales a las que se dirige el periodista de canal 13, Julio Bazán, como “la autoridad con hidalguía y decisión venía a dar un escarmiento.” Dos días más tarde, y ante la evidencia de que Maximiliano Kosteki y Darío Santillán pertenecientes al Movimiento de Trabajadores Desocupados (MTD) Guernica y el MTD Lanús, respectivamente, habían sido asesinados producto de la represión con balas de plomo por un operativo conjunto entre la Policía Federal, la Policía Bonaerense, la Gendarmería y la Prefectura, el medio se vio obligado a condenar el asesinato comandado por el comisario inspector Francchiotti y calificar de “inoperantes, incapaces y criminales” a quienes habían sido responsables de aquellos homicidios. Es decir, en un primer momento se trataba de “La crisis que causó dos muertos”; la violencia se localizaba en los manifestantes y la policía cumplía su deber para restablecer el orden y así proteger a los ciudadanos comunes que transitaban por esa zona y sufrían el efecto de los gases lacrimógenos. Al final (tan sólo dos días después), la policía desplazó a los manifestantes como los responsable de los hechos violentos. Algo similar ocurre en la protesta de los usuarios de la línea Sarmiento que, en un primer momento, eran representados como las víctimas de un nuevo desperfecto en el funcionamiento del servicio del ferrocarril y tanto periodistas como movileros argumentaban que el descontento era producto de una situación cotidiana que debían padecer los pasajeros quienes llegaban tarde a sus trabajos perdiendo el presentismo. Los periodistas reconocían su enojo y se preguntaban si la empresa les devolvería el dinero del boleto a los usuarios. Sin embargo, esta lectura de los hechos no profundiza las causas estructurales que ocasionan las demoras y las deficiencias en la prestación del servicio y se limitan a cuestiones superficiales como la devolución del dinero al usuario. En un segundo momento, cuando se producen los incendios de las formaciones, los pasajeros pasan a ser condenados como los responsables de que el servicio no pueda ser restablecido. En este sentido, el relato exaltado de los periodistas y movileros es acompañado por un llamado al orden. El periodista de TN le pregunta al movilero “¿sigue sin haber presencia policial?”, como también lo hace su colega de C5N “Ya van dos horas y la policía no aparece.” En este sentido, y con un ánimo exultante frente a la llegada de la policía, el periodista de C5N comienza a preguntarse si por los hechos de “vandalismo y los incidentes hay algún detenido”. En este momento, lo que se observa es una asimilación de la protesta con el delito y lo que en un principio fue descripto como una protesta espontánea pasó a representar un mecanismo racional de protesta donde se afirma que los que participan de los destrozos “tienen conocimiento de cómo hacer que la violencia crezca.”

La noticia, así, deja de ser un reflejo de la realidad y se convierte en un espejo de la subjetividad del periodista. Es además acompañada por herramientas audiovisuales que ayudan a adornar el relato de ficción mediante el montaje de imágenes, dividiendo la pantalla y mostrando la “explosión de la furia de los pasajeros” con imágenes en vivo y grabadas y con una música de guerra que tanto en la protesta de los trabajadores desocupados como en la de los pasajeros del tren crea un clima de tensión que impide una comprensión de los acontecimientos fundamentada en argumentos que busquen convencer, y más bien suponen la idea de un estereotipo que iguala pobreza con violencia. “A base de repeticiones frecuentes se configura la imagen del pobre delincuente y violento, en varias ocasiones adicto, provocador del caos.” (Hernández)[6] La imagen del hombre bebiendo una bebida alcohólica es un ejemplo claro de lo que intenta explicar Hernández, dando la idea de que el hombre no busca solucionar el problema que lo aqueja, sino que se ajusta al prejuicio del movilero que sostiene que las manifestantes se están divirtiendo, ocultando a los verdaderos responsables del mal funcionamiento de los trenes, es decir, las empresas concesionarias del servicio de los ferrocarriles que no invierten en el mantenimiento de las formaciones y de las vías. “(…) El movilero es alguien que mueve la realidad hasta aproximarla a su imaginario.”[7]

Para terminar, en los relatos también pueden rastrearse marcas reconocibles de la apelación al televidente. El caso más explícito es el de TN que convoca a sus televidentes a través de la sección “TN y la gente” para que suban sus videos o fotografías desde el lugar de los hechos. También existe una intención de la movilera de C5N de generar empatía con los televidentes al señalar que el mal funcionamiento de los trenes es cuestión de todos los días y que “la gente necesita viajar.” Una última marca consiste en los videograph que permanentemente describen a los sucesos de índole “Urgente”, lo cual convoca a que el televidente se quede frente a la pantalla siguiendo los últimos episodios, que en muchos casos no son más que la repetición de las imágenes grabadas.

Bibliografía

- IGLESIAS, Martín (2005): “Unidad temática: expresión pública, la figura del caos”, “Recorridos de sentido” y “Aportes para un debate necesario”, en Mediados. Sentidos sociales y sociedad a partir de los medios masivos de comunicación. Cuaderno de trabajo n°57, Buenos Aires, Ediciones del Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos.

- HERNÁNDEZ GARCÍA, Sonia (2002): “Un acercamiento a la nota roja: la inclusión y exclusión de las clases vulnerables”, en www.saladeprensa.org, 45, julio, año IV, Vol. 2.

- PENALVA, Clemente (2002): “El tratamiento de la violencia en los medios de comunicación”, Alternativas. Cuadernos de Trabajo Social n° 10, págs. 395-412.

- PEREYRA, Marcelo (2005), “La criminalización mediática”, en UBA: encrucijados, n°35, Buenos Aires, Universidad de Buenos Aires.

- RODRÍGUEZ, Esteban: “Cubriendo la noticia”. El papel de los periodistas movileros en la representación de la protesta social, pág. 193.



[1] RODRÍGUEZ, Esteban: “Cubriendo la noticia”. El papel de los periodistas movileros en la representación de la protesta social, pág. 193.

[2] PENALVA, Clemente (2002): “El tratamiento de la violencia en los medios de comunicación”, Alternativas. Cuadernos de Trabajo Social n° 10, págs. 395-412.

[3] PEREYRA, Marcelo (2005), “La criminalización mediática”, en UBA: encrucijados, n°35, Buenos Aires, Universidad de Buenos Aires.

[4] IGLESIAS, Martín (2005): “Unidad temática: expresión pública, la figura del caos”, “Recorridos de sentido” y “Aportes para un debate necesario”, en Mediados. Sentidos sociales y sociedad a partir de los medios masivos de comunicación. Cuaderno de trabajo n°57, Buenos Aires, Ediciones del Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos.

[5] Ibid. RODRÍGUEZ, pág. 196.

[6] HERNÁNDEZ GARCÍA, Sonia (2002): “Un acercamiento a la nota roja: la inclusión y exclusión de las clases vulnerables”, en www.saladeprensa.org, 45, julio, año IV, Vol. 2.

[7] Ibid. RODRÍGUEZ.

(En)cubriendo la noticia. ¿Clase de periodismo o periodismo de clase?, por Julián Lucero

En el libro “Los orígenes de la Ley Negra”, de E. P. Thompson, publicado en 1975, se afirma que el Estado británico del siglo XVIII existía para proteger la propiedad y, eventualmente, las vidas y libertades de los propietarios. El avance y consolidación del discurso liberal burgués hizo de la institución estatal una herramienta al servicio de los sectores dominantes y hegemónicos. En la actualidad, a pesar de los discursos neopopulistas que afirman lo contrario, la situación sigue siendo igual: los Estados occidentales tienen como finalidad mantener un statu quo y, con ese afán, definen diversas estrategias que no suelen superar el mero gatopardismo. El desarrollo de los grandes medios de masas colaboró fuertemente con esta tarea estatal. Los medios masivos también tienen como discurso principal la defensa de la propiedad y los valores capitalista-mercantiles.

Clemente Penalva sostiene que los medios de comunicación juegan un rol importante en la conformación de representaciones ideológicas de la violencia. Los medios son una institución más y se insertan junto a la escuela, la empresa, el ejército, la Iglesia, el Estado, como agentes socializadores. Estos agentes enseñan (imponen) los modos correctos (legitimados y hegemónicos) de vivir en sociedad y transmiten los valores culturales que serán interiorizados (naturalizados) por los individuos. Así, aparece un factor clave para el análisis de medios: estos son agentes socializadores y se encargan de difundir y naturalizar en los individuos los valores sociales históricamente construidos.

Este carácter socializante de los medios puede verse cotidianamente en cualquier programa informativo o, incluso, en los de entretenimiento o ficción. Para este trabajo se tomaron como ejemplo dos casos de manifestaciones populares. La primera, los sucesos del 26 de junio del año 2002, con las marchas sobre puente Pueyrredón y el asesinato de Kosteki y Santillán. La segunda, el conflicto desatado en septiembre del 2008 en las estaciones Castelar y Merlo del tren Sarmiento. Los casos se analizarán de acuerdo a la cobertura mediática que de ellos hicieron los medios nacionales.

Las manifestaciones de junio de 2002 marcaron uno de los puntos más críticos de la crisis argentina desatada en diciembre del 2001. El caso particular de los hechos del 26 de junio será analizado tomando la transmisión, en crudo, que de ellos hizo canal 13. El video estudiado contenía fragmentos tanto del momento de la marcha y la represión policial como de los días posteriores. Cabe remarcar que al ser un material en crudo, este carecía de toda marca gráfica, títulos o sobreimpresos.

El tema narrado, en un principio, fue la marcha de los piqueteros y su intento de cortar el puente Pueyrredón. Frente a esto, la policía fue presentada como haciendo un “desfile de fuerza”. Luego, la cobertura se focalizó en las voces del comisario Franchiotti y de los piqueteros que denunciaban haber sido reprimidos ferozmente. Finalmente, en un giro absoluto, el canal realizó un relato de corte sensacionalista, humanizado y humanizante, en el que demostró la participación del comisario en la muerte de Kosteki y Santillán, quienes fueron mostrados como jóvenes sanos e idealistas, luchadores que no merecían morir así. De esta manera, el tema de la cobertura hizo el siguiente recorrido: primero, fue la manifestación y corte del puente; luego, se tomaron las declaraciones de la policía y algunos piqueteros intentando dar cuenta de cómo fueron los hechos y la represión; al final, se denunció a Franchiotti y se hizo un relato sensacionalista sobre la muerte de los jóvenes y la ineficacia de las fuerzas de seguridad.

En este caso, es interesante notar que en la cobertura no se insertó al hecho en ninguna serie. Quizás esto pueda explicarse teniendo en cuenta el contexto altamente conflictivo de esos años, en los que las marchas y reclamos masivos eran cotidianos. Pero canal 13 no serializó la noticia y la presentó individualmente, como un hecho particular y concreto. De esta manera, no hubo ningún tipo de identificación de problemas macro o estructurales que dieran cuenta del porqué de la manifestación. El enunciador se colocó en una posición “de sentido común”, ajena al hecho narrado. En este caso en particular, el notero del canal que cubrió la noticia se ubicó como alguien distinto a los “encapuchados” y portadores de palos. Frente a ellos aparecía la figura del orden y la ley, que era la policía. El enunciador pareciera hablar desde este lugar legal y exigía intervención policial. Cuando la represión se desató, se la caracterizó como una enérgica tarea de escarmiento frente a los piqueteros duros, quienes regaron de miedo la zona.

Es notable la tipificación de los protagonistas que se hizo en la cobertura analizada. Por un lado, respecto a los piqueteros, se presentaron distintos matices: estaban los piqueteros duros, que querían cortar el puente y avanzar por allí, no dispuestos a deponer su actitud; también se hace una tipificación general del piquetero medio como un personaje violento (lleva su rostro cubierto y porta palos), lo que es remarcado luego de la represión, cuando en plena retirada, el notero de canal 13 resalta que incendiaron colectivos y dejaron un ambiente de miedo; pero el punto más interesante es cómo se tipificó a Kosteki y Santillán. Conocido el dato de que habían sido asesinados por la espalda por la policía, estos piqueteros pasaron a ser narrados como jóvenes sanos, luchadores, solidarios. Las características que antes hacían del piquetero alguien peligroso, en estos chicos asesinados pasaron a ser simples marcas de identidad, que daban cuenta de su compromiso político.

Por otro lado, en cuanto a las fuerzas de seguridad, en un primer momento se las tipificó como las garantes del orden. Frente a la violencia piquetera, la policía aparecía como una fuerza ordenada, enérgica, cuya tarea indiscutible era restablecer el “orden natural”. Ahora bien, cuando salió a la luz que Franchiotti había asesinado a los chicos, el relato no viró hacia una crítica estructural de la policía. Todo se centró en el comisario, dando un nuevo ejemplo de la perversa lógica de la “manzana podrida”, de los excesos. Franchiotti fue tipificado como una excepción dentro de la fuerza policial, un criminal, pero esta conclusión no se extendió al total de la fuerza.

En el caso de los sucesos de septiembre de 2008 en las estaciones Merlo y Castelar, de la línea ferroviaria Sarmiento, se pueden remarcar algunas semejanzas en la cobertura. Estos hechos fueron analizados a través de diversos fragmentos de la cobertura que hicieron en vivo los canales de noticias (TN, C5N, Crónica, América 24).

El tema principal de todas las coberturas fueron los hechos violentos ocurridos en las estaciones y el incendio de las formaciones. Los pasajeros habían atacado a algunos representantes de la empresa y cortado las vías, impidiendo la prestación del servicio. Así, el tema era que el tren Sarmiento no circulaba por el corte realizado por los pasajeros. Algunos de los títulos sobreimpresos pueden dar cuenta de cuál fue el enfoque de estos canales: “Llegó la policía al lugar. Intentan despejar las vías” (TN); “Pasajeros cortan las vías” (C5N); “Furia de los pasajeros” (América 24); “Locura colectiva. Incendian los vagones” (C5N); “La policía no aparece. Ya van más de 2 horas. No hay un solo detenido” (C5N). Esto da cuenta de que el tema de las coberturas, en general, se circunscribió al corte de vías y el incendio de trenes.

Los hechos no fueron incluidos en serie alguna. En TN se hizo mención a los sucesos de 2005, cuando en la estación Haedo, de la misma línea Sarmiento, los pasajeros prendieron fuego toda la estación, pero esto no excedió la mera alusión. La cobertura en vivo, extendida por horas, de los hechos no tuvo en cuenta ninguna serie informativa. Tampoco se hizo un análisis de los motivos macro de los sucesos. Sólo en Crónica se escuchó la voz de algunos pasajeros indignados que daban cuenta de la situación lamentable del servicio ferroviario. El notero de este canal dejó el micrófono abierto y los pasajeros expresaron toda su bronca y explicaron que todos los días se viajaba mal y que no se podía seguir así. En términos de Teijeiro, Farré y Pedemonte, la presencia de la voz de aquellos que protestan se enmarca en la categoría de “Sujetos individualizados”, en la que el medio solicita información o testimonios a estos sujetos. En los otros medios, si bien hubo voces de los manifestantes, en general sólo se escucharon las voces oficiales de la empresa o de pasajeros “correctos y prolijos” que cuestionaban el accionar de los manifestantes. Se debe resaltar que en este punto de no serializar la noticia, de no explicar motivos macro o estructurales y de narrar los hechos como algo particular, atomizado, coincidieron las coberturas de los dos hechos tomados en cuenta.

Los enunciadores de los distintos canales se ubicaron en el lugar de la ley, ajenos al reclamo popular y exigiendo la intervención policial. En esto también coincidieron las coberturas de los hechos de junio de 2002 y estos de septiembre de 2008. Los periodistas en el piso y los movileros, en general, se colocaron del lado de la racionalidad legal, pidiendo intervención a la policía. Algo interesante de notar en este tipo de coberturas sobre problemáticas que afectan a las clases populares, trabajadoras y marginadas, es la absoluta ignorancia de gran parte de los enunciadores mediáticos. El lugar que toman y su narración de los hechos dan cuenta de una falta de información y experiencia en esas problemáticas. Esta ignorancia puede explicar (pero no justificar) el porqué los enunciadores mediáticos se acomodan en posiciones ajenas, externas a los hechos. Desconocen la cotidianeidad ferroviaria y al enfrentarse a un “estallido de violencia” de los pasajeros, sólo pueden narrarlo como un hecho irracional, excepcional y nunca como una respuesta a las condiciones materiales y simbólicas en las que se viaja día a día en el transporte público.

Como se dijo, los enunciadores pidieron la intervención policial. Este pedido tomó ribetes casi tragicómicos en algunas coberturas, como la de C5N, en la que se pedía casi con desesperación la llegada de las fuerzas del orden (esto puede verse en algunos de los títulos ya puntualizados). Como en la cobertura del corte en puente Pueyrredón, en este caso también se caracterizó a la ley como la garante del orden. La policía representaba a la ley y el orden y lo hacía a través de su capacidad ¿legítima? ¿legitimada? de reprimir y detener a los manifestantes. Frente a la irracional actitud de los pasajeros que cortaban las vías, la policía surgía como quien debía reinstalar la normalidad.

Las diversas coberturas analizadas permiten dar cuenta de la interesante tipificación de los personajes que se hizo. Por un lado, está la “gente”, pasajeros afectados por el corte pero que no participan del mismo. En TN, por ejemplo, se contactó a Edgardo, un pasajero que relataba los hechos y parecía estar de acuerdo con el tipo de cobertura del canal. Esta gente eran los “pasajeros varados” (TN) y “la gente que necesita viajar para trabajar” (C5N). Frente a ellos, estaban los violentos, que cortaron las vías, incendiaron los vagones y atacaron al personal de la empresa. Estos ya no son “gente” como la antes descripta. Son personas irracionales, que buscan generar destrozos y desmanes. La cobertura de C5N llegó a dudar de la cualidad de pasajeros de aquellos que cortaban las vías y rompían los trenes. En un momento de la cobertura, el periodista Fabián Doman llegó incluso a esgrimir como argumento válido y real: “Fíjense la cara de la gente, no son pasajeros”. El lombrosianismo en su máxima expresión. Así, se tipificó a los que cortaban las vías como no-pasajeros, como violentos irracionales.

En cuanto a los personajes oficiales, la tipificación es ingenua y falsamente transparente. El vocero de la empresa, quien fue entrevistado por C5N, es tomado como una persona respetable, portador de verdad indiscutible. En la entrevista no se le hicieron preguntas de fondo y todo quedó en la superficie del conflicto. Por el lado de la policía, personaje grupal representante del orden y la ley, se la presentó como necesaria. Nunca la policía fue presentada como violenta. La única crítica que se le hizo en esta cobertura fue que tardó mucho en accionar y reprimir. Así, los personajes del vocero, los empleados de la empresa y la empresa misma, fueron presentados como víctimas inocentes de los violentos. La policía fue el personaje necesario para recuperar las vías, el orden y la normalidad, por lo que también fue narrado como un personaje inocente.

Para concluir esta primera presentación breve y esquemática de las coberturas de los hechos analizadas, es clave destacar que en ambos casos no hubo ningún tipo de reflexión estructural sobre la violencia. Los relatos mediáticos no dieron cuenta de ninguna causa estructural y siempre se quedaron en lo superficial, lo espectacular y lo emocional. En los dos sucesos analizados estuvo presente la figura del caos. Martín Iglesias afirma que el periodismo ha adoptado una técnica específica para la cobertura de los acontecimientos de expresión pública, en la que se destaca la figura significante del caos. Recurrir a figuras como esta implica desplazar los aspectos más relevantes del hecho y, a su vez, la figura del caos demoniza al sujeto manifestante y espectaculariza los perjuicios que el mismo provoca.

Varios autores coinciden con esta idea de desplazamiento, en la cobertura mediática de hechos de protesta social, de los aspectos más relevantes y profundos. Zeller dice que la violencia en los medios es tratada sin dar explicaciones, sin situar contextos y estructuras sociales y económicas que producen en primera instancia esa violencia. Por su parte, Gerbner retoma algunas investigaciones en las que se concluía que la televisión presenta la violencia desde el punto de vista de los encargados de aplicar la ley. En este movimiento, ignora los aspectos sociales y de fondo. Este aporte que resalta el autor es notable en los sucesos tomados en cuenta en este ensayo. Las llamadas, desesperadas por momentos, de los periodistas para que intervengan las fuerzas del orden, demuestra de qué lado se ubicaron los enunciadores mediáticos. Otro aporte en esta dirección es el de Hernández García, que afirma que en las notas policiales se presenta a los victimarios sin considerar el contexto socioeconómico y político. De este modo, las tragedias de los sectores populares son objeto de curiosidad y morbo, pero nunca objeto de comprensión. Frente a las expresiones de protesta de estos sectores, la clase media y la dominante son incapaces de reconocerse o identificarse. Esta mirada extranjera lleva a una suerte de voyeurismo de clase, como diría Svampa. Los casos de puente Pueyrredón y del conflicto ferroviario de 2008, son ejemplos claros de esto. El drama popular de la exclusión, del maltrato cotidiano, los problemas diarios a la hora de transportarse hacia la ciudad, etc., son tratados desde una mirada extraña (pero no extrañada), externa. Nunca se intenta comprender el por qué y el cómo se llegó a tal situación. Una buena síntesis la ofrece Dominique Wolton cuando dice que el periodismo frecuentemente prefiere el acontecimiento en sí antes que su análisis.

Ahora bien, ¿qué implica esta falta de trabajo comprensivo? ¿Qué efecto de sentido produce que los relatos mediáticos dominantes no hurguen en las causas más profundas de los conflictos y cubran solo la superficie? ¿Es mero sensacionalismo? ¿Es producto de la presión de la competencia lo que inclina a los medios a construir este tipo de cobertura? Definitivamente, la respuesta debe ser negativa. Sin duda hay elementos esenciales de la retórica sensacionalista. Las coberturas analizadas tienen mucho de los elementos sensacionalistas clásicos: imágenes de alto impacto, fotografías de cuerpos heridos, sangre, corridas, periodistas agitados por la conflictividad de la escena. Hay, también, presiones de orden mercantil, impuestas por la competencia entre canales que antes que nada son empresas periodísticas que buscan lucrar, para lo cual necesitan captar la mayor cantidad de público posible. El autor Denis McQuail, afirma en su trabajo “La acción de los medios” que “sin una narración atractiva ni interés humano, es improbable que las noticias se difundan o tengan el mismo valor como bien en el mercado de la información”. Así, este autor permite incluir la instancia del mercado en el análisis. Continúa McQuail: “la tradición periodística del interés humano se relaciona con el concepto peyorativo de “sensacionalismo”, que habitualmente define una excesiva apelación a las emociones y los sentidos. A menudo se manifiesta en títulos, filmaciones o fotografías espectaculares, en un enfoque centrado en lo individual y un gran interés en la delincuencia, los desastres, el sexo y la violencia”. Luego de estas afirmaciones, el autor dice que se hace difícil determinar cuándo se traspone el umbral de lo que se necesita para atraer y retener la atención de la audiencia y comienza a disminuir la calidad de la información ofrecida.

Sin embargo, la explicación no puede clausurarse en estos aspectos mercantiles o sensacionalistas. Al principio del ensayo se afirmó, retomando algunas propuestas de Thompson, que los medios masivos eran agentes socializadores y que reforzaban los valores hegemónicos de una sociedad en particular. Es imposible que en una sociedad occidental burguesa haya medios masivos contrahegemónicos. Puede haber medios alternativos, desde ya, pero no serán masivos. La contrahegemonía es, por definición, no masiva ni legitimada. Caso contrario, no sería contrahegemonía. Penalva sostiene que en el tratamiento mediático de la violencia se la instala como algo normal y natural. Entonces, la violencia es despojada de su carácter histórico e interactivo. Al negarle su historia y cualidad relacional, se da una visión estereotipada, trivial de la violencia, lo que conduce a la desinformación.

En consonancia con la propuesta inicial, Pereyra sostiene que los discursos informativos pueden entenderse como relatos de control social, que naturalizan el accionar represivo. A su vez, es plausible pensar estos discursos como mecanismos de exclusión simbólica, ya que los sectores populares que son sujeto de los relatos son criminalizados. Las protestas sociales, continúa el autor, son construidas en los medios a partir de sus efectos y no de sus causas. El peso de la noción de caos es clave, ya que al focalizar el conflicto en el caos que genera (de tránsito, por ejemplo), se despolitiza la protesta. Esto es evidente en las coberturas analizadas. El caso del corte de vías es ejemplo claro. El peso informativo estuvo en el corte y los problemas generados por el mismo. Ahora bien, las causas que llevaron a esa situación no fueron analizadas y los manifestantes que cortaron las vías e incendiaron los vagones fueron estigmatizados y catalogados como violentos e irracionales.

La cobertura de C5N sobre este tema es la más clara al respecto. Fue la que más hincapié hizo en la necesidad de reponer el orden y no dudó en hacer un pedido explícito a la policía para que intervenga, reprima, detenga manifestantes y ordene la situación. Incluso, los periodistas dudaron de si eran o no pasajeros los que hacían el corte y llegaron a afirmar que la protesta parecía más una “estudiantina en un ferrocarril”. Los periodistas destacaban que la gente se reía y divertía. Hacían sonar la bocina del tren y todo parecía un chiste. Finalmente, un periodista desde el piso preguntó a la movilera si, aparte de destrozar los trenes, los “piqueteros” estaban robando, lo que demuestra el prejuicio y estigma que el medio reprodujo.

Estas construcciones discursivas tienen como efecto de sentido el deslegitimar el reclamo popular. Si los que realizan el corte son irracionales, violentos, ladrones, se ríen, etc., entonces su reclamo es ilegítimo. Esta ilegitimidad habilita la represión sin cargo de conciencia. La represión, en este contexto, aparece como algo inevitable, deseable y de ningún modo violento. Sólo se pide represión para sacar a unos delincuentes de la calle o las vías. Así, los excluidos materiales de la sociedad son excluidos simbólica y políticamente, sus reclamos son acallados. Ahora bien, esta estrategia discursiva es perversamente inevitable en una sociedad capitalista burguesa. Los discursos informativos no pueden afirmar que tamañas manifestaciones son producto de la lógica misma del sistema. Justamente por eso es necesario deslegitimar los reclamos, mostrarlos como irracionales. De no hacer esto, el carácter de dominación y represión del sistema se harían evidentes. Dice Pereyra que al ejercer su poder simbólico, los medios colaboran a este ocultamiento de la dominación y excluyen a los dominados de la agenda política y los presentan como otros-peligrosos.

Es interesante realizar un desvío ahora y considerar la cuestión del otro. Dice el filósofo francés Emmanuel Levinas: “El Otro no es en modo alguno otro yo mismo, que participe conmigo en una existencia común. La relación con el Otro no es una relación idílica y armoniosa de comunión o una simpatía gracias a la cual nos ponemos en su lugar; reconocemos al Otro como semejante pero exterior a nosotros”. Es decir, y esto puede sonar como una verdad de perogrullo, el otro es lo distinto al yo, lo externo, lo ajeno, incluso aunque se comparta un espacio común. En la misma sintonía, Roger Silverstone dice: “La otredad se refiere al hecho de que allí afuera hay algo que no soy yo, que no es de mi hechura ni está bajo mi control; distinto, diferente, fuera de alcance, pero que ocupa el mismo espacio, el mismo paisaje social”. Con estos aportes resuenan fuertemente los ecos de la díada civilización/barbarie. Los medios, al presentar a las clases populares, dominadas y subalternas, como otro peligroso, irracional, violento, las está separando de un nosotros, representante este del orden, la ley y las buenas costumbres. Por esto, el periodista de C5N puede dudar de la honestidad del reclamo de la gente y puede decir que con solo mirarle la cara a los manifestantes uno se puede percatar de que no son pasajeros, trabajadores honestos. O sea, al mirarle la cara, nos podemos dar cuenta que no son como uno, son otros. Y esto es un peligro.

Para finalizar la digresión, es clave el aporte de Josefina Ludmer para tener más elementos a la hora de analizar la cobertura mediática del delito, la protesta social o la violencia cotidiana. Dice la autora: “El delito es un instrumento conceptual particular; no es abstracto, sino visible, representable, cuantificable, personalizable, subjetivizable. (…) El delito funciona como una frontera cultural que separa la cultura de la no cultura, que funda culturas, y que también separa líneas en el interior de una cultura. Sirve para trazar límites, diferenciar y excluir”. Al referirse al sujeto manifestante como otro violento, se lo diferencia y excluye en diversos sentidos. Así, como ya se mencionó, los excluidos sociales y económicos, son excluidos también, a través del discurso mediático, como sujetos políticos capaces de expresar sus reclamos.

Frente a críticas como las que se presentan en este trabajo, los periodistas podrían argumentar que sus condiciones de trabajo conducen, invariablemente, a reproducir estereotipos y a cometer ciertos excesos. La urgencia de la primicia, la presión de la competencia y el trabajo en vivo y en directo son factores que atentan contra la rigurosidad periodística y explican algunos desajustes y equivocaciones. Algunas de estas características de la práctica concreta del periodismo son analizadas por Esteban Rodríguez, en su trabajo “Cubriendo la noticia”. El autor se focaliza en el rol que cumplen los movileros en las coberturas de la protesta social. A pesar de poder reconocer que las características propias del trabajo en la calle y en vivo son capaces de alterar la información ofrecida, esto no puede funcionar como excusa liberadora o justificación. Rodríguez afirma, concordando con lo ya expuesto, que el periodismo utiliza la legalidad de turno como el prisma con el que enfocar las relaciones sociales. De esta manera, el periodismo colaborará, inevitablemente, a perpetuar un estado de situación y descartará todo tipo de cuestionamiento al mismo.

Una de las primeras características que señala Rodríguez es que en el periodismo actual la noticia vira hacia la caricatura, ya que el hecho se releva a partir de una subjetividad en particular. Este gesto implica que no se confronta la multiplicidad del mundo, sino que todo se reduce a la singularidad de algún personaje involucrado. Así, el personaje, en los ejemplos considerados, podría ser un piquetero con el rostro tapado, Kosteki y Santillán, construidos como individualidades heroicas y víctimas de los excesos de un comisario, o los manifestantes que se ríen mientras rompen una locomotora y tocan la bocina. El hecho global se reduce a este tipo de personajes, individualizando el conflicto y dando una lectura parcial, descontextualizada y sin historia. Vinculado a esto, el autor sostiene que la criminalización es una de las formas para evitar la politización de lo social, para negar el carácter conflictivo de la convivencia social. Como ya se señaló, al deslegitimar una protesta y a los manifestantes, se vacía de contenido al hecho y se justifican las acciones represivas.

Lo más interesante del trabajo de Rodríguez es su caracterización del trabajo del movilero. Él lo caracteriza como periodismo burocrático, el indicado para cubrir desde un robo pequeño hasta un estallido de violencia social. Lo notable es que los movileros recurren a las mismas herramientas para narrar todo tipo de hechos, lo que conduce a estandarizar lo social, a vaciarlo de toda su densidad y complejidad. El movilero disciplina a la realidad, ya que no tiene tiempo, y con ese afán recurre a técnicas siempre iguales. Una de estas técnicas, por llamarla de algún modo, es el maniqueísmo. Con el maniqueísmo, el periodismo logra organizar la realidad de un modo claro, conciso e ilusoriamente transparente. De esta manera, habrá piqueteros (violentos, irracionales, malos) y policías y “gente como uno” (civilizados, ordenados, racionales, buenos). Esta lógica supone una simplificación total de los hechos. En lo vinculado a la violencia, está será relacionada a taparse la cara, llevar palos, prender fuego un tren o colectivo, pero nunca se trazará un vector entre violencia y Estado, policía, represión. Hay una imposibilidad de comprender la violencia estructural que sufren los manifestantes. La violencia estructural, dice Rodríguez, es intelevisible, no puede relevarse con facilidad, por lo que no responde a los imperativos simbólico-técnicos de los grandes medios.

Es necesario hacer una crítica puntual al trabajo de Rodríguez. Si bien es cierto que el periodismo suele reproducir las condiciones de existencia y dominio imperantes, sin discutir la legitimidad de las mismas ni dar lugar a expresiones que potencialmente podrían trastocar ese orden, este no debe llevar a tomar posturas académicamente populistas. En el texto del autor sobrevuela una suerte de debilidad conceptual en torno a la violencia. Por un lado, se resalta el carácter violento del Estado, de las condiciones materiales y de los discursos mediáticos. Pero por otro lado, no se cuestiona la violencia misma de los actos de protesta. Es decir, el texto no cuestiona a la violencia como modo de convivencia e interacción. Es populista ya que de alguna manera justifica y enaltece la violencia de los dominados al enfrentarse a los dominantes. Pero esta violencia no deja, valga la tautología, de ser violencia. Obviamente hay una cuestión de escala insoslayable: la violencia estructural y del aparato estatal es incomparable con la violencia popular. Se debe ser firme en la crítica e impugnación a todo tipo de violencia estatal y se puede tener una visión más matizada respecto a la violencia social y popular. Pero esto no debe conducir a un elogio de la violencia popular. El riesgo de una postura como la de Rodríguez es que puede caer en lo mismo que critica. Él dice que para los medios sólo es violencia taparse la cara, cortar una calle o incendiar un colectivo, pero nunca toman como violencia la actuación expulsiva y excluyente del Estado. Ahora bien, el argumento opuesto es igualmente falaz: considerar como violencia solamente al accionar estatal y caracterizar a la protesta social como una suerte de respuesta a esa violencia original, es lo mismo. El maniqueísmo no se supera y la violencia sigue siendo acentuada como modo positivo de interacción social. Desde ya, esto no debe leerse como una incitación a la pasividad social. En el estado de situación actual, es justificable que los sectores más postergados y excluidos se expresen de la manera que puedan. Sería cínico pedirle a estos sectores que tomen medidas no violentas cuando ellos son diariamente violentados por diversas instancias políticas, económicas, sociales, simbólicas. Sin embargo, a la hora de la reflexión aplacada se debería pensar la violencia como modo de interacción y generar un pensamiento crítico más estructural y de fondo para construir alternativas más liberadoras.

Para finalizar con los aportes de Rodríguez, es buena su puntualización de las peculiaridades del trabajo movilero. Algunas son: fragmentación y trivialización, urgencia, maniqueísmo, autobombo (característica que en los ejemplos se puede ver claramente cuando la movilera de C5N apenas puede hablar por el efecto de los gases, y tose y expresa que es muy difícil trabajar en esas condiciones. En este caso, el eje de la noticia se corre y cobra protagonismo el notero), descontextualización (en los ejemplos esto se refleja, ya que nunca hay menciones a las características y condiciones de fondo de los conflictos), entre otras. En relación a esto, es inevitable recordar algunas propuestas de Wolton sobre el tema de la transmisión en directo. En su libro “Pensar la Comunicación”, él afirma: “La información ‘en directo’ sobre las crisis permite saber en seguida, sin que esto forzosamente contribuya a explicarlas o a resolverlas mejor. Los hechos atropellan todo. Los medios se encuentran atrapados en la misma agitación que los actores de la crisis, aunque su papel debería ser, al contrario, contemporizar y permitir a unos y otros tomar un poco de distancia. (…) Lo directo no es sinónimo de verdad y el sentido es aún más difícil de extraer cuando uno se apega a los sucesos. La paradoja es que cuanto más en directo estamos, más necesario es reintroducir la distancia”. Los avances técnicos han permitido que los medios bombardeen informativamente al espectador. La información es omnipresente y se ha consolidado una lógica tiránica del instante, de saber todo en todo momento y mantener un ritmo irrefrenable. El peligro, advierte Wolton, es que esto impide la toma de distancia y el pensamiento crítico. La fascinación por la primicia, por estar en el lugar de los hechos, por transmitir todas las sensaciones, los ruidos explosivos de las escopetas, los estallidos de los gases, etc., lleva a que el periodismo se meta tanto en la escena que deja de informar, deja de tomar distancia. Esto se traduce en desinformación y en un lógico afianzamiento de estereotipos y estigmas que facilitan, en tanto atajos de conocimiento, la cobertura mediática.

A modo de cierre, es pertinente retomar lo dicho en primera instancia: los medios de comunicación son agentes socializadores y están insertos en un determinado régimen socioeconómico que sustentan. La cobertura mediática de la violencia suele ser superficial y acrítica. Esto ha quedado demostrado a lo largo del texto. Los medios masivos son, a su vez, empresas que compiten en un mercado y esto genera presiones para ofrecer los mejores productos y garantizar así las mayores ventas o audiencias. De este modo, los medios masivos aparecen como agentes empresariales que se mueven y lucran en un determinado sistema y harán lo posible para sostenerlo. Las características de la cobertura mediática de la violencia o la protesta social es un caso ejemplar de esta cualidad conservadora de los medios. Se busca cubrir la noticia lo más rápido posible, en vivo, en el lugar de los hechos para tener el mejor producto que ofrecer. Este “meter las narices en la escena” conlleva los riesgos de no tomar distancia crítica. A su vez, además de intentar ubicarse lo mejor posible frente a la competencia, los medios son agentes de poder y responden al discurso hegemónico de una sociedad. Por esto mismo son incapaces de adquirir una perspectiva más estructural y crítica respecto a la protesta social. Hacerlo implicaría poner en crisis el sistema mismo del cual ellos son parte. Se debe deslegitimar a los manifestantes y sus reclamos y exigir la intervención del Estado y la policía, para salvaguardar la entereza del régimen que garantiza sus ganancias. Ahora bien, estas críticas no deben conducir al periodismo a tomar enfoques populistas que justifiquen la violencia secundaria de los manifestantes, frente a las imposiciones estatales y dominantes. La cuestión es harto compleja ya que el periodismo se encuentra a veces en el dilema de apoyar las medidas de protesta popular (legitimando la violencia que estas suponen) o desconocerlas y defender un estado de situación opresivo (violento este a su vez). En todo caso, el objetivo debería ser lograr tomar suficiente distancia crítica y cuestionar a la violencia misma como modo de interacción social. Quizás este cuestionamiento pueda abrir una puerta que permita vislumbrar nuevos escenarios para la construcción de una sociedad más igualitaria y pacífica.

BIBLIOGRAFÍA

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