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Violencia en las Escuelas de Argentina, por Mariana Ortega

Para desarrollar la consigna de trabajo, tomaré como corpus textual un artículo del diario Clarín, publicado con fecha del 30 de noviembre de 2008, titulado: “Crecen en el país las denuncias por discriminación en las Escuelas” (el cual figura anexado). Lo utilizaré para desarrollar el tema de la violencia simbólica y la violencia moral, cuestión central de la unidad I, a la que haré referencia.

En el citado artículo se puede ver claramente un panorama acerca de la magnitud y forma que cobra la violencia escolar y su relación con otras categorías (racial, étnica, de clase, regional y nacional). Es importante destacar que este tipo de violencia denominada violencia simbólica en palabras de Bourdieu es definida del siguiente modo: “todo poder de violencia simbólica, o sea, todo poder que logra imponer significaciones e imponerlas como legitimas disimulando las relaciones de fuerza en que se funda su propia fuerza, añade su fuerza propia, es decir, propiamente simbólica a esas relaciones de fuerza” (Pág. 289). Retomo este texto porque es Bourdieu, quien ve que las relaciones sociales se caracterizan por desigualdad, y que sin embargo esas relaciones son reproducidas sin mediar resistencia, en el ámbito educativo justamente se aprecia esta desigualdad con un carácter legítimo que asegura su reproducción.

Como lo expresa la autora, Alicia B. Gutiérrez, para comprender el concepto de Violencia simbólica de Bourdieu, es necesario abordar otras nociones fundamentales que son: poder, habitus y representaciones. Según lo explica la autora en su teoría Bourdieu sostiene que el poder es constitutivo de la sociedad, que existe en las cosas y en los cuerpos, en los campos y en los habitus, en las instituciones y en los cerebros; por lo tanto tiene una dimensión física y otra simbólica. De Marx, tomó que la realidad social es un conjunto de relaciones de fuerza históricamente en lucha unas con otras, y de Weber, que la realidad es también un conjunto de relaciones de sentido, y que toda dominación social debe ser reconocida, aceptada como legitima, o sea, tomar un sentido positivo, para que los dominados adhieran al principio de su dominación y se sientan solidarios con los dominantes en un mismo consenso sobre el orden establecido (Pág. 292). Entonces para el autor esta violencia simbólica que se ejerce sobre los dominados es ejercida con su complicidad. Bourdieu encuentra que esas relaciones de dominación se perpetúan, que no son resistidas, sino que son naturalizadas, busca el mecanismo de reproducción y encuentra que donde se perpetúan es en el ámbito educativo, es aquel poder que no es cuestionado, discutido, sino que su legitimidad asegura su reproducción. Esto ocurre a través de un habitus, el cual define como “sistemas de disposiciones duraderas y transferibles, estructuras estructuradas predispuestas a funcionar como estructuras estructurantes, es decir, como principios generadores y organizadores de prácticas…” (Pág. 293).El habitus es lo que absorbimos del orden social, estructuras estructuradas capaz de estructurar. Son esquemas generadores y organizadores de prácticas, por medio de él, el individuo internaliza lo externo y al hacerlo viene con una carga en la relación de dominado-dominante, una relación de poder del más fuerte sobre el más débil. Este principio permite que la gente estructure prácticas y también representaciones del mundo, de lo que está bien, de lo que está mal, de lo pensable, de lo impensable, y de lo posible.

A través de la violencia simbólica que oculta las relaciones de poder, y su reproducción de conocimientos y valores, a través de instituciones como la escuela, los educadores transmiten esquemas de percepción que sólo permite analizar el mundo a través de clasificaciones tomadas como universales y legítimas, que son naturalizadas. En el citado caso del artículo, se evidencia como ciertos maestros, profesores o autoridades de instituciones educativas ejercen cotidianamente conductas abiertas o sutilmente violentas. En este artículo se hace uso de la violencia verbal y física, se distinguen conductas xenofóbicas, como le ocurre a un chico peruano que sufre agresiones físicas solo por su nacionalidad y racismo a un niño de religión judía. También trato humillante y palabras hirientes a un alumno por ser talla grande, discriminación por su contextura física y además a algunos que padecen enfermedades. Otro ejemplo que puede citarse del texto es como se ejerce violencia con ciertas identidades urbanas, en este caso a un estudiante que pertenece a la tribu urbana identificada como “Emo” le piden cortarse el pelo. También se identifica en el artículo el uso de burlas y desprestigios hacia aquellos estudiantes que padecen pobreza o no tienen recursos como el resto (alumnos discriminados porque sus padres son desempleados, por no tener teléfono, etc.).

Según relata el texto las denuncias versan en los siguientes temas: por ideología, origen migratorio, diversidad sexual, edad, aspecto físico, condición social, diversidad religiosa y discapacidad.

Muchas veces ocurre que es difícil identificar este tipo de violencia, porque puede ejercerse en formas sutiles o estar naturalizadas a través de las costumbres y la cotidianidad. Estas formas de agresión que tienen consecuencias psicológicas en las victimas, con frecuencia quedan silenciadas porque no necesariamente dejan marcas en el cuerpo. Como lo expresa Rita Segato en su Ensayo sobre la Violencia de Género, donde hace referencia a este tipo de violencia “… cuanto más disimulada y sutil sea esta violencia, mayor será su eficacia…” (Pág. 107). La autora explica que el termino violencia psicológica es difuso y posee un universo amplio, por eso utilizará el de violencia moral, para referirse al conjunto de mecanismos legitimados por la costumbre para garantizar el mantenimiento de los estatus relativos entre los términos de género. Estos también operan en otros órdenes, como el racial, étnico, de clase, regional y nacional. Esta antropóloga, hace hincapié en la violencia moral, como lo expresa en su texto es todo aquello que envuelve agresión emocional, aunque no sea ni consiente ni deliberada. Entran aquí la ridiculización, la coacción moral, la sospecha, la intimidación, la condenación de la sexualidad, la desvalorización cotidiana de la mujer como persona, de su personalidad y sus trazos psicológicos, de su cuerpo, de sus capacidades intelectuales, de su trabajo, de su valor moral. (Pág. 115) A continuación aclara la autora que este tipo de violencia puede ocurrir muchas veces sin agresión verbal, manifestándose con gestos, actitudes y miradas.

Este tipo de violencia es recibida justamente en un ambiente donde los chicos y jóvenes supuestamente deberían recibir contención en todos los aspectos, incluso el emocional, para fortalecer actitudes y poder desarrollar capacidades como personas en un espacio de reconocimiento con sus pares. Pero ocurre todo lo contario, lejos de esto, los niños son violentados de distintos modos: por su apariencia física, por su religión, por sus discapacidades, por tener menos que los demás, por no pertenecer a la misma clase social, por tener una identidad distinta, etc. Estos como menciona el articulo son algunos de los actos descriptos.

Retomando a la autora Rosa Del Olmo, quien expresa que en muchas oportunidades en los noticieros y diarios salen noticias en su portada sobre artículos sobre la violencia urbana, centrada en la delincuencia y la criminalidad, sin embargo pocas veces se hace referencia a estos episodios, aunque ocurran con mayor frecuencia que otros. Por ende, hay temas que deben ser de debate público y no lo son porque los que están en la agenda de los medios son otros, como la autora lo expresa, “la fuente de máximo alcance la constituyen los medios de comunicación”, estos deberían tomar la responsabilidad de incluir en su agenda este tipo de problemática.

Además, deberían existir en nuestro país, estudios específicos acerca de este tipo de violencia ejercida en los establecimientos educativos a niños y jóvenes que sufren estos padecimientos y buscar sus causas para intentar revertirla. También como menciona Rita Segato hacía el final del texto, que es sumamente necesaria la producción de campañas de difusión que pongan en circulación en el público infantil y juvenil representaciones para facilitar el reconocimiento de la violencia, y de este modo, evitar que siga sucediendo, sobre todo cuando son niños y muchas veces les es más difícil expresar este tipo de situaciones. Así como también es necesario que dichas instituciones tomen un rol más activo en estos acontecimientos.

Bibliografía consultada:

· Gutiérrez, Alicia (2004): “Poder, habitus y representaciones: recorrido por el concepto de violencia simbólica en Pierre Bourdieu”. En Revista Complutense de Educación, vol. 15, numero 1; 289-300.

· Segato, Rita Laura (2003): “La amargasa jerárquica: violencia moral, reproducción del mundo y la eficacia simbólica del Derecho”. En las Estructuras elementales de la violencia. Ensayos sobre género entre la antropología, el psicoanálisis y los derechos humanos. Buenos Aires, Universidad Nacional de Quilmes.

· Del Olmo, Rosa (2002): “Ciudades duras y violencia urbana”. En Revista Nueva Sociedad, Caracas.

· Nota del Diario Clarín:

http://edant.clarin.com/diario/2008/11/30/sociedad/s-01813033.htm.

Fenomenos de violencia bajo el filtro de la televisión. “Calles Salvajes” y la violencia como espectáculo

[Por: Federico Rey]

Introducción

Para abordar las temáticas que propone la Unidad Nº 1: Violencia y Cultura, del Seminario Crónicas mediáticas de una realidad violenta, tomaré como objeto la puesta en escena, por parte de un programa de televisión, de actos de violencia durante los rituales festivos juveniles -de explotación comercial- de un sábado por la noche, en una zona urbana. El ciclo televisivo se proyecta actualmente por el canal abierto América. El texto elegido para este análisis corresponde a un episodio del programa "Calles Salvajes", emitido hacia fines de 2009.

El fragmento televisivo muestra escenas recortadas del espacio público. En este terreno, de dinámica social, interactúan jóvenes de entre 17 y 30 años. Éstos demandan la oferta nocturna gobernada por un circuito comercial. Por medio de este circuito (siete cuadras con diversos locales bailables y bares) transitan multitudes de jóvenes. El recorte televisivo muestra escenas de lo que el mismo programa presenta como hechos de violencia. “Ramos Violento”, es el título del informe: hace referencia a la ciudad de Ramos Mejía, ubicada a 17 kilómetros hacia al oeste de la Capital Federal. En los hechos de violencia que muestra (selecciona y construye) el programa de TV, aparecen como protagonistas los jóvenes consumidores de oferta nocturna. Además, pero en menor medida, se muestra a la institución policial, a empleados de seguridad de un local nocturno (o patovicas), al cronista del programa de TV y a vecinos de la zona devenida comercial.

El abordaje del texto televisivo sólo pretende ejemplificar algunos conceptos e ideas contenidos en la Unidad temática mencionada.

La violencia mediada

Rossana Reguillo (1996) en su “Ensayo(s) sobre la(s) violencias(s)....”, se refiere a la Violencia Multimedia, y explica: “Los grandes medios de comunicación, la televisión especialmente, actúan simultáneamente como cajas de resonancia y como constructores de realidades o proveedores de imágenes del mundo“. Es decir, el hecho violento circula entre públicos masivos, “da la vuelta al mundo”. No obstante, continua Reguillo, “al reducir la complejidad política y cultural del hecho, se agota en el acontecimiento mismo, se circunscribe a un tratamiento de estigmas y estereotipos, -los buenos y los malos, los poderosos contra los débiles- y eso siempre desde la posición que asume el que emite y desde el lugar social de la recepción”.

La intervención televisiva, mediadora y constructora de realidad, selecciona fragmentos de violencia urbana y despliega diferentes recursos técnicos y retóricos. Por ejemplo, en Calles Salvajes:

Se muestra un plano entero de los cuerpos de espalda de tres adolescentes que caminan abrazados y en forma de zigzag. Ellos se alejan y la cámara se acerca. El sonido ambiente es reemplazado por un fragmento de audio: utilizado en textos de ficción, como manera redundante y burlesca de los efectos del alcohol.

El repertorio de actos violentos resulta adornado (cada vez de forma menos sutil), poniendo énfasis de esta manera en aspectos formales, de estilo, más que en el contenido complejo de todo fenómeno social. Un problema que es político, que abarca diversas disciplinas y dimensiones, que es complejo, se aborda allí de manera simple y unidimensional. El título del informe reduce la violencia a un espacio geográfico vagamente especificado: “Ramos Violento”, que no da cuenta de aspectos fundamentales del lugar: cantidad de población; distrito al que pertenece (La Matanza, el distrito más grande de la provincia de Buenos Aires, que evidencia una ancha brecha de desigualdad entre sus habitantes); no menciona cuál es la oferta cultural de La Matanza (relación entre la oferta privada con fines de lucro y el resto); ni cómo funciona el negocio nocturno, cómo se financia (venta legal de alcohol, venta de drogas); cuál es el rol de la institución policial, etc., etc., etc.

Entonces, el hecho violento que circula entre públicos masivos “se agota en el acontecimiento mismo”. En este caso el acontecimiento transita por el filtro televisivo, que lo despolitiza: quita el conflicto de su escenario real y lo adorna con elementos de la continuidad televisiva del espectáculo (por ejemplo, efectos de sonido añadidos por montaje). Según Reguillo, esta simplificación da como resultado una lectura estereotipada de personajes construidos bajo el eje binario bueno/malo.

Advierte la autora que el discurso de la diferencia en el nivel político, “actúa en la fragmentación, en el surgimiento de nichos socioculturales cerrados sobre sí mismos, con sus propios emblemas, banderas y discursos que no se tocan con los de otros colectivos”. En las imágenes que muestra “Calles Salvajes” puede advertirse una retórica de la resistencia, que reivindica la pertenencia a un barrio o club de fútbol. En el fragmento televisivo se muestra a jóvenes que arengan: “Yo soy de Salta y me la re banco”; “Quiero gritarte lo que siento por vos, Chicago (Club de fútbol del asenso) sos mi locura!” (Identidad barrial, territorial) y al mismo tiempo se descalifica a cualquier otro colectivo: “Aguante El Almirante (Otro club del Ascenso), Villa Luzuriaga (localidad de La Matanza) y nada más, guacho“; y también se refieren a la localidad de “...Lomas del Mirador, que son re cagones”. Estas declaraciones, lejos de ser problematizadas, son incentivadas por el cronista callejero y cara visible del programa.

Frente al texto televisivo analizado, no es redundante mencionar lo que la autora citada resalta: “las violencias, en sus diversas manifestaciones también venden”. En este sentido, puede decirse que Calles Salvajes no es la excepción sino que se adecua a esta regla. Dice Reguillo: “La espectacularización de lo real, la banalización del drama humano” [el alcoholismo, la violencia de género, jóvenes alcoholizados que se mueven al ritmo que el programa propone], tienen consecuencias: “la perdida de la capacidad de indignación y asombro” y “la atenuación, la no implicación en los asuntos públicos porque el ejercicio ritual de asistir a esta violencia espectacularizada exime de cualquier compromiso”.

Cuestión de género

Un grupo de diez adolescentes, nueve mujeres y un solo varón, se reúnen frente a la cámara de televisión: se superponen sus gritos, cantos, arengas e insultos. El varón, Joel, se refiere a las jóvenes que lo rodean:

“Las cogemos a todas a estas, los pibes las cogemos a todas. ¿A vos no te cogí? (…) A todas las cogimos. Esta es la que mejor coge de todas, coge re piola. Todas estas zorras pasaron por los pibes de la esquina. Ella pasó por el Huguito, el Macu, por el Pola, por el Tano, por mi y por todos (...), por el Guachin, -y la chica le ayuda contar- Son todas putas, mirá esta -y señala- a los 16 se embarazó, la puta...encima de puta no se cuida”.

Resulta adecuado a partir de este ejemplo, problematizar sobre los distintos sentidos asignados a la palabra violencia. No pretendo aquí hacer una clasificación de las distintas significaciones del término. Me referiré, por ser pertinente al problema de género mencionado, a un tipo de violencia: que es la simbólica (la que no deja marcas físicas). Para ello seguiré el camino que realiza Rita Segato (2003) en sus “Ensayos sobre género...”. La autora se refiere a una “ilegitimidad originaria” de un orden social patriarcal, que para mantenerse estable debe renovarse diariamente, repetirse “en dosis homeopáticas pero reconocibles de la violencia instauradora”. En virtud de la eficacia de este orden, la violencia deberá ser lo mas “sutil y disimulada” posible. La autora denomina “violencia moral” a este tipo, que designa “el conjunto de mecanismos legitimados por la costumbre para garantizar el mantenimiento de los estatus relativos entre los términos de género”.

El programa de TV reproduce, subraya, las palabras de Joel. Lo que puede leerse en la superficie como presunta objetividad de las imágenes muestra por debajo una postura política, una forma de ver el mundo, que tiende, por su efecto de neutralidad, a reforzar de forma sutil el orden patriarcal dominante (una retórica machista como recurso). Se trata de violencia moral -no física- y la sutileza se evidencia, siguiendo nuestro ejemplo, en la aceptación pasiva de las mujeres, que “son todas putas”, según Joel, que lo repite sin que nadie parezca inquietarse. Resulta, entonces, naturalizada esta posición subordinada de la víctima. Lo que Rita Segato designa como la “dimension invisible del fenómeno”. Dicho de otra manera, son aceptadas culturalmente. Allí radica su efectividad.

Es decir, el programa omite problematizar sobre los problemas mencionados. Esto, claro está, implica una postura política determinada. Podríamos afirmar que, en tanto vehículo multiplicador, el programa de TV fomenta la circulación (despolitizada) de esas costumbres, arriba mencionadas, que resultan legítimas y que ayudan a naturalizar la jerarquía de género. “Sutil y disimulada”, en tanto no se propone un debate, no se socializan datos y no se profundiza la problemática que está evidente en la superficie.

Respecto a los dichos del adolescente: “son todas putas/ las cogemos a todas”, podría este gesto asociarse a una de las “formas más corrientes de violencia moral en América Latina”, que menciona Rita Segato: el menosprecio moral, que consiste en “la utilización de términos de acusación [“puta”] o sospecha, velados o explícitos [en nuestro caso, explícitos], que implican la atribución de intención inmoral por medio de insultos o de bromas” [“...encima de puta no se cuida”].

En sínteis. Por medio del texto televisivo abordado se ponen en evidencia los mecanismos naturalizadores que todo orden, sistema o hegemonía, necesita en tanto tal. En este camino, los mass media ocupan un rol determinante en tanto difunden y construyen -por medio de sus propios dispositivos- significaciones sobre la violencia. Este proceso lo realizan siguiendo una lógica sutil, que contribuye a transformar en natural estas construcciones que son históricas: por medio de la reproducción de hábitos y costumbres que las sustentan y que necesitan legitimarse diariamente.

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- Reguillo, Rossana (1996): “Ensayo(s) sobre la(s) Violencias): breve agenda para la discusión. En Signo y pensamiento n 29/segundo semestre, Bogotá, Facultad de Comunicación Social, Universidad Javeriana. (Texto no incluido en este cuaderno)

- Segato, Rita Laura (2003): “La argamasa jerárquica: violencia moral, reproducción del mundo y la eficacia simbólica de Derecho”. En Las estructuras elementales de la violencia. Ensayos sobre género entre la antropología, el psicoanálisis y los derechos humanos. Buenos Aires, Universidad Nacional de Quilmes.

- Ciclo Televisivo “Calles Salvajes”, proyectado por la señal de canal abierto “América”. Emitido en septiembre de 2009. (El programa se emite en la actualidad)

http://www.youtube.com/watch?v=sPYJPgCHA1g

http://www.youtube.com/watch?v=5laCFgeTpIA&feature=related

Violencia(s) simbólica(s) y medios de comunicación, por Luciano López Baltare

En el siguiente escrito intentare trabajar el concepto de “violencia simbólica” en relación con la noción de “habitus”, revisando, a su vez, la importancia del rol de los medios en la sociedad actual como constructores de estructuras de pensamiento y pieza fundamental en la actualización cotidiana de dichas estructuras.

En primera instancia me parece relevante esbozar una definición de violencia simbólica, retomando el trabajo de Alicia Gutiérrez[1]. Parafraseando a la autora, el poder de violencia simbólica es aquel que logra imponer sus significaciones como legitimas, disimulando las relaciones de fuerza en que se funda su propia fuerza. De este modo, lo distintivo de este poder es la capacidad de imponerse solapadamente, sin poder ser visto como una intervención directa de una fuerza.

Luego, la autora agrega, “la violencia simbólica se sustenta en el poder simbólico, como poder de construir lo dado por la enunciación, de hacer ver y hacer creer, de confirmar o transformar la visión del mundo y, de ese modo, la acción sobre el mundo, luego el mundo, que permite obtener el equivalente de lo que es obtenido por la fuerza física o económica (…)”.

Pare reforzar esta idea, Alicia Gutiérrez se apoya en el concepto de habitus de Bourdieu, y en los modos en que este es construido y naturalizado por los agentes sociales. Los habitus son “estructuras estructuradas predispuestas a funcionar como estructuras estructurantes”, esta definición (un tanto acotada y simplificadora) revela las dos dimensiones fundamentales del habitus:

1 – que es el resultado de un proceso histórico, es decir, precede al agente, que lo asume como natural (habitus = segunda naturaleza del hombre). Lo adquiere como su visión del mundo.

2 – Como consecuencia directa, el agente social adquiere el habitus (no de manera conciente ni voluntaria, sino por que se encuentra inmerso en una estructura que lo abarca y contiene), como estructura mental y modo de percibir el mundo, y funciona en él como “estructurante de las practicas cotidianas”.

En este sentido es que la autora entiende la inserción de la violencia simbólica en la sociedad, como resultado de relaciones de fuerza entre los seres humanos, que imponen el veredicto de los grupos de poder sobre ciertas minorías relegadas en esta puja. Se trata, como ya se dijo, de la imposición de significaciones, de modos de ver y percibir el mundo, de constitución de los valores predominantes en una sociedad, de su construcción de la moral, etc. En este recorrido, la autora nos recuerda que Bourdieu toma estos conceptos de Durkheim y Mauss, que afirman que “aun las categorías fundamentales del pensamiento, las nociones del espacio, tiempo, causalidad, etc., tienen un origen y función social. So representaciones colectivas que pre-existen a los individuos, los cuales las aceptan y las consideran equivocadamente universales. Son aceptadas para poder vivir en un mundo social y actuar en él de manera coordinada”.

Para reforzar lo dicho hasta aquí, nos es de gran utilidad el trabajo de Rita Segato[2] sobre la “violencia psicológica” (también mencionada como violencia moral), y como este concepto fue tomando preponderancia en el campo del Derecho, hasta convertirse en un argumento valido a la hora de juzgar abusos en cuestiones de género.

Definida de cómo “conjunto de mecanismos legitimados por la costumbre para garantizar el mantenimiento de los estatus relativos entre los términos de género”, la violencia moral no siempre fue tenida en cuenta a la hora de castigar los maltratos de los hombres hacia las mujeres.

La importancia que el planteo de Segato toma en la cuestión que estoy intentando abordar radica en la posibilidad que nos brinda el ejemplo particular que la autora toma. El recorrido histórico que nos invita a realizar, muestra la fuerza de represtación que el campo del Derecho tiene a la hora de legitimar un argumento, y de imponerlo como norma a la sociedad toda. De este modo, cuando en la Francia de 1827 se sienta el precedente de considerar a la violencia moral como un elemento de presión, es decir, como el resultado del abuso de autoridad, que no se ejerce solo con el uso de la violencia física, se corre la línea en la tolerancia del abuso, cambiando el significado de “violencia” mismo (engordándolo, haciéndolo mas abarcativo).

De este tipo de cosas es de las que Bourdieu nos habla cuando menciona al habitus como resultado de una construcción y de un recorrido histórico. Este tipo de acontecimientos son los que le interesan también a Foucault (permítaseme arriesgar esta frase), se trata de un cambio de paradigma en la aceptación de la violencia, que se produce como resultado de un fenómeno que la sociedad viene produciendo. No se trata simplemente de una arbitrariedad del Derecho, sino de una cierta cantidad de hechos, que derivan en el reconocimiento del Derecho (como menciona la autora para el Siglo XX, la sensibilidad desarrollada por el movimiento feminista y los trabajos en DDHH, que derivaron en una mayor conciencia sobre el tema de la “presión moral” y la “coacción psicológica”, ampliando significativamente la protección de los damnificados y sus derechos).

Retomando de cierto modo el carácter construido de la realidad propuesto por los autores antes citados, Francisco Javier Gómez Tarín[3], desde una perspectiva foucaultiana nos dice que “si todo ha tenido su origen histórico, puede haber otro punto histórico en que cambie”. A partir de aquí desarrolla una descripción de las características impuestas por la modernidad, que serian vistas por la gran mayoría de las personas de este tiempo como hechos inmutables, inamovibles, naturales. Estos se resumen en tres puntos básicos, destacados por Charles Taylor como las 3 enfermedades de la modernidad: individualismo; preponderancia de la razón instrumental; y la primacía del interés propio del individuo (despotismo blando).

Lo importante de el planteo de Gómez Tarín en este ensayo, se encuentra en el postulado que nos dice que la modernidad “intenta imponer sus concepciones a través de la comunicación masiva difundiendo modelos para la creación de un imaginario colectivo basado en la individualidad, el machismo, la privacidad, el nacionalismo, la competitividad, un determinado estilo de vida que hace uso de la violencia como medio, el racismo, etc.”, introduciendo así el rol de los medios masivos de comunicación en la construcción de la realidad cotidiana. De esta manera volvemos la temática del control sutil, de la imposición de estructuras de pensamiento. El instrumento mediático permite que la “reproducción de las concepciones y modos de vida se convierten en un hecho a escala planetaria y a un ritmo acelerado”, eso es la “violencia simbólica”. Y agrega el autor, “puede aceptarse que esa violencia no provoca muertes, pero difícilmente se podrá negar que sí esclaviza cerebros”.

Se crea así, una ficción en la que el poder no seria ejercido por nadie, y “el ciudadano desearía su estado”. Se borran las estructuras de poder, se ocultan.

En esta línea, el autor toma una un razonamiento de Terry Eagleton, que reflexionando sobre Freud, dice: “Una vez que el poder se ha inscrito en la forma misma de nuestra subjetividad, cualquier insurrección contra él parecería suponer una autoagresión”. Y va más allá, “proponemos un giro de 180º a la expresión de Freud en torno a la sublimación: Si la cultura dominante (como imaginario colectivo) se inscribe en nuestra subjetividad (es sublimada) no se producirá ninguna trasgresión, porque la norma, lo establecido, lo políticamente correcto, estará en relación directa con esa visión del mundo.

A modo de conclusión, me parece relevante destacar que estos conceptos pueden ser muy útiles en la discusión que hoy se da en torno al rol de los medios en la sociedad. Se me hacen presentes en este momento los debates actuales sobre el tratamiento diferencial de la información en relación con intereses económicos de clase, o la discusión sobre la edición de contenidos en programas (oficialistas/opositores) con la intención de direccionar el foco de las noticias en diferentes puntos o aspectos (de esto no escapan tampoco los diarios, ni el cine en cierto modo). También recuerdo a José Pablo Feinmann en diferentes medios hablando de la “colonización de la subjetividad”, tratando de marcar como ciertos medios intentan imponer (o han impuesto ya) modos de ver el mundo, estructuras desde las cuales leer los acontecimientos.

Se trata en definitiva de lograr ver la trama de poder que se da en torno al intento de imposición de ciertos significados sociales, y el rol que los medios cumplen en esta disputa, como uno mas de los dispositivos o canales de difusión cultural.



[1] Gutiérrez, Alicia (2004): “Poder, habitus y representaciones: recorrido por el concepto de violencia simbólica en Pierre Bourdieu”, en Revista Complutense de Educación, Vol. 15, numero 1.

[2] Segato, Rita Laura (2003): “La argamasa jerárquica: violencia moral, reproducción del mundo y la eficacia simbólica del Derecho”, en Las estructuras elementales de la violencia. Ensayo sobre género entre la antropología, el psicoanálisis y los derechos humanos.

[3] Gómez Tarín, Francisco (2001): “De la violencia física a la violencia simbólica. La estructura de la ficción y el poder”, en Revista Latina de Comunicación Social, numero 43, julio-agosto-septiembre, La Laguna (Tenerife).

Little children o un pedófilo en el barrio, por Emilia Cortina

La violencia es una palabra, plantea Tosca Hernández. Pero también es un fenómeno histórico y, por ese motivo, es “(…) una noción plena de significaciones variables”[1], que se alteran en la medida en que cambia la dinámica relacional de la sociedad. Efectivamente, señala Rosa Del Olmo, el sentido del término violencia se resignifica continuamente a través de procesos de carácter político.

Hoy en día, según plantea esta última autora, su significación parece haberse cristalizado en torno a la idea de criminalidad violenta y urbana. Se la asocia en concreto a los hechos de violencia callejera, en especial en espacios públicos, y aparece estrechamente ligada a la imagen de inseguridad de los habitantes de las ciudades.

Del Olmo advierte el pasaje, en los últimos treinta años, de una visión del delito como excepción a percibirlo como cotidianidad, un peligro permanente e inminente. Y arriesga que quizás por eso la inseguridad o miedo a la delincuencia es actualmente uno de los problemas más sentidos por la población.

Si bien la autora hace foco en el caso de América Latina, destacando el aumento de este tipo de delitos en la región, el proceso se ha dado también en otros espacios. También en países desarrollados se incrementan los temores, que derivan en la pérdida de la capacidad integradora de la ciudad: “(…) las áreas residenciales socialmente homogéneas se convierten en cotos cerrados”[2] generando “una ciudad compartimentada, segregada, de guetos de ricos y pobres, (…) producto de la agorafobia urbana (…).”[3] Las clases altas se atrincheran en los suburbios, buscando huir de la inseguridad del centro. ¿Pero qué ocurre cuando la protección de este refugio es puesta en duda?

En este trabajo, se pretende trabajar acerca de un caso particular, el que plantea el film estadounidense Little Children (2006), dirigido por Todd Field. Esta película aborda el cruce entre cuatro personajes, que conviven en un coqueto suburbio habitado por clases medias-altas. Por un lado, dos vecinos del barrio, Sarah — joven ama de casa, frustrada ante un matrimonio y una vida poco satisfactorias— y Brad — marido de una exitosa documentarista, incapaz de aprobar el examen que lo habilitaría como abogado y relegado a permanecer en casa y hacerse cargo de su hijo— se ven envueltos en una relación extra-matrimonial. Por otro — y en este eje deseo centrarme—, Ronnie, un ex-convicto, procesado por exposición indecente ante un menor, se instala en la zona, en casa de su anciana madre May. Larry, un policía retirado con tendencias violentas, se obsesiona con su caso y emprende una cruzada personal contra este potencial peligro para sus hijos y los demás niños del barrio.

En síntesis, se plantea la irrupción de una amenaza dentro de ese suburbio de “gente bien”, residencial, cuasiidílico, de bellas casas y familias, donde niños siempre bien vestidos juegan en las plazas bajo la mirada protectora de sus sonrientes madres. En un espacio que parece estar a resguardo de la violencia, aparece este elemento perturbador.

Quien (re)presentan su llegada son los medios de comunicación, concretamente, la TV. La escena que abre el film muestra a una periodista cubriendo la llegada de Ronald "Ronnie" James al barrio. Se exhibe su retrato, el exterior de la casa en que vive y se transmiten, además, una serie de testimonios de vecinos que expresan su preocupación ante el hecho de tener a un delincuente de este tipo en la zona. El tono es alarmista. Si bien se admite que las condiciones de libertad condicional prohíben a Ronnie acercarse a menos de 100 metros de cualquier zona de recreación, escuela o espacio donde habitualmente se reúnan menores, esto sería “de poco consuelo para muchos padres cuyos niños juegan y van a la escuela en esta anteriormente tranquila comunidad”, quienes, se afirma, “en las próximas semanas esperarán lo mejor o se prepararán para lo peor”.

No es casual que la película comience de esta manera. “Los grandes medios de comunicación, la televisión especialmente, actúan simultáneamente como cajas de resonancia y como constructores de realidades o proveedores de imágenes del mundo”[4], sostiene, precisamente, Rossana Reguillo. Son una de las principales fuentes de información sobre los hechos de violencia que ocurren a nuestro alrededor— junto con la experiencia personal y los comentarios de terceros—. Por su fuerte influencia en la percepción subjetiva de la inseguridad — aquella vinculada a vivencias y sentimientos personales—, tienen una responsabilidad clave “en la creación del pánico urbano y el incremento de los miedos e inseguridades presentes en el imaginario colectivo”[5].

Según afirma esta autora, en las sociedades tradicionales, las amenazas al orden establecido tenían orígenes fácilmente identificables y existían vías establecidas para lidiar con ellas — rituales de purificación y ofrendas para los dioses, sanciones para los integrantes de la comunidad—. Pero esto ha cambiado, las fuentes de peligro hoy se incrementan y diversifican, desbordando la capacidad de respuesta ciudadana; generando reacciones “informes, indiscriminadas y tan caóticas como la violencia misma”[6]; aumentando la fragmentación; creando abismos entre los individuos, distanciándolos. En ese sentido, para Reguillo, “(…) estamos desnudos ante las violencias, abiertos a la ira engendrada por el miedo, en una cultura de la sospecha en donde todos somos potencialmente sospechosos de ser sospechosos.”[7] Frente a la cobertura de hechos de violencia, “el ciudadano común permanece como un espectador asombrado, (…) atemorizado por los terrores que se cuelan cotidianamente por los resquicios de puertas y ventanas (…) o amenazan ocultos en la calle, en la plaza.”[8]

En Little children, la llegada de Ronnie al tranquilo suburbio norteamericano despierta una preocupación generalizada en sus habitantes. Durante el film, los personajes manifiestan inquietud con respecto a la seguridad de sus hijos, la temática está presente en sus conversaciones cotidianas.

Más de una vez, mencionan a la castración como la solución ideal al problema (‘Simplemente un tijeretazo, rápido y fácil’, propone una de las madres en el parque). Una solución violenta. Ese es el riesgo de los temores, según advierte Del Olmo: que su proliferación alimente una espiral de violencia, a partir del pedido de mayor represión o de una justificación de los excesos en este sentido. Porque, tal como afirma Hernández, “(…) responder a la violencia con más violencia, aun con aquella que sea legítima, acarrea más violencia (…) la clave para resolver el problema pareciera residir en el conocimiento de esta dinámica repetitiva.” [9]

En este ciclo ingresa el personaje de Larry, quien crea y se convierte en prácticamente el único miembro del Comité de Padres Preocupados, para así emprender una campaña contra la presencia de Ronnie en la zona. Sus acciones no sólo incluyen la distribución de folletos, que interrogan “¿Están sus hijos seguros?” y exhiben el rostro del ex-convicto. En tanto lo piensa como un “peligroso predador”, esto parece habilitarlo para emprender acciones de vandalismo —graffitis—, incurrir en fuertes agresiones verbales y ejercer una vigilancia constante en torno a la vivienda de Ronald, que incluye eventuales irrupciones en el lugar, en el medio de la noche, para enterarse de qué está haciendo o amenazarlo.

Efectivamente, tal como afirma Hernández, la palabra “violencia” suele emplearse para demonizar y descalificar las acciones de Otros y crear oposiciones entre “el bien” y “el mal”, permitiendo en muchos casos justificar acciones de contraviolencia que también apelen a ella. Si Ronnie ha incurrido en hechos de violencia (y se lo piensa capaz de ejecutar otros), esto parece autorizar a Larry para ejercer, a su vez, acciones violentas contra él, simplemente para “proteger a la comunidad.”

Para Reguillo, los medios tendrían cierta responsabilidad en este aspecto: “(…) tanto el cine como la televisión nos proveen de historias que (…) justifican la aparición de vigilantes o la aplicación de la justicia por la propia mano.”[10] Larry pretende erigirse en guardián del barrio, responsable de la seguridad de sus vecinos.

Por otra parte, vale destacar que la caracterización de Ronnie toma cierta distancia del estereotipo de “pedófilo”. Inicialmente, se lo percibe como un hombre relativamente normal, educado, muy amable con su madre, consciente de sus impulsos y condición, antes que el monstruo en acecho de los niños que los vecinos imaginan. Conversando con May, que intenta restarle importancia a su delito (“Hiciste algo malo, pero no eres mala persona”), Ronnie muestra ser muy consciente de su situación: “Tengo un problema psicosexual (…) Me dejaron salir porque no les quedaba otra opción”.

Larry, en cambio, con su conducta violenta, impulsiva y sus acciones desmedidas, parece más cercano a la idea de psicópata. Especialmente cuando se descubre que debió retirarse de la policía tras matar por equivocación a un niño que jugaba con un arma de juguete.

Sin embargo, a lo largo del film, las inclinaciones sexuales de Ronald y el riesgo que representan se van haciendo evidentes, particularmente cuando, durante una accidentada cita a ciegas, termina masturbándose frente a un parque de juegos y amenaza a su pareja para que no cuente lo sucedido.

La situación llegará a un punto de máxima tensión cuando, frente a una nueva irrupción de Larry en su hogar, May tenga un ataque cardíaco al discutir con él y muera. El ex-policía encontrará más tarde a Ronnie en la plaza, desolado, sangrando y descubrirá que el mismo se ha castrado. “Ahora voy a ser bueno”, afirma, al mostrarle el vendaje.

El film pone de manifiesto la dinámica de violencia que origina la llegada de un potencial delincuente a un tranquilo suburbio, habitado por “gente bien”. Por un lado, la psicosis colectiva, el miedo. La escena en la cual Ronnie va a nadar a la pileta comunitaria lo ejemplifica con claridad. Inicialmente, pasa desapercibido pero, en cuanto es descubierto, cunde el pánico general y los niños huyen del agua en estampida, dejándolo solo. Pocos minutos después, un par de policías lo escoltan fuera de las instalaciones, ante la alegría de las familias, que retoman sus actividades recreativas. .

Si bien la potencial peligrosidad de Ronnie no es puesta en duda, son los ciudadanos bienpensantes y alarmados — y en ningún momento él—quienes engendran continuamente acciones violentas, que van en escalada a lo largo de todo el film. En ese sentido y quizás por contraposición, el personaje del pederasta genera sentimientos ambivalentes, que en muchos momentos se acercan a la compasión.

En Little Children no hay buenos ni malos, la delimitación no es sencilla. Lo que indudablemente existe es, en cambio, una espiral de violencia que termina finalmente engullendo a aquel que, en un primer momento, todos temían.


Bibliografía

v Borja, Jordi (2004): “Espacio público y espacio político”. En: Seguridad Urbana. Experiencias y desafíos (Valparaíso, Chile: Programa URBAL)

v Del Olmo, Rosa (2002): “Ciudades duras y violencia urbana”. En Revista Nueva Sociedad, Caracas.

v Hernández, Tosca (2002): “Des-cubriendo la violencia”. En Briceño-León, R. (comp.): Violencia, Sociedad y Justicia en América Latina. Buenos Aires, CLACSO.

v Reguillo, Rossana (1996): “Ensayo(s) sobre la(s) violencia(s): breve agenda para la discusión”. En Signo y pensamiento nº 29/segundo semestre, Bogotá Facultad de Comunicación Social, Universidad Javeriana.



[1] Hernández, Tosca (2002): “Des-cubriendo la violencia”. En Briceño-León, R. (comp.): Violencia, Sociedad y Justicia en América Latina. Buenos Aires, CLACSO. Pág. 66

[2] Borja, Jordi (2004): “Espacio público y espacio político”. En: Seguridad Urbana. Experiencias y desafíos (Valparaíso, Chile: Programa URBAL) Pág. 19

[3] Borja, Jordi (2004): Op. cit. Pág. 19

[4] Reguillo, Rossana (1996): “Ensayo(s) sobre la(s) violencia(s): breve agenda para la discusión”. En Signo y pensamiento nº 29/segundo semestre, Bogotá Facultad de Comunicación Social, Universidad Javeriana. Pág. 2

[5] Del Olmo, Rosa (2002): “Ciudades duras y violencia urbana”. En Revista Nueva Sociedad, Caracas. Pág. 4

[6] Reguillo, Rossana (1996): Op. cit. Pág. 3

[7] Reguillo, Rossana (1996): Op. cit. Pág. 3

[8] Reguillo, Rossana (1996): Op. cit. Pág. 3

[9] Hernández, Tosca (2002): Op. cit. Pág. 58

[10] Reguillo, Rossana (1996): Op. cit. Pág. 4

Ensayo Unidad 1, por Jesica Bosso

“(Hablando sobre Bolivia): Creo que el tema central es el enfrentamiento entre la gente de la misma clase social, trabajadores que están a punto de ser desclasados, y que son intolerantes los unos con los otros. Un retrato de la gente laburante de este país, de personas que pudieron tener un futuro y no lo tienen, de gente vencida. Son presas de una situación de la cual no pueden escapar, y los personajes no parecen darse cuenta de lo que están haciendo, o lo que está pasando. No eligen su destino, el destino los elige a ellos para protagonizar lo que se cuenta”.

Adrián Caetano

,

El Film Bolivia (2001), de Adrián Caetano, narra la historia de Freddy, un inmigrante boliviano recién llegado a Argentina, que arriba con la esperanza de encontrar un futuro mejor para él y su familia. Consigue trabajo como parrillero en un bar de Constitución, donde debe convivir con Enrique, dueño del local, Rosa, una mesera, y los clientes del lugar (taxistas y vendedores ambulantes, en su mayoría). Allí, Freddy se adentra en un espiral de violencia, discriminación y xenofobia, que, luego de un hecho trágico, lo lleva a la muerte.

La película pertenece al llamado Nuevo Cine Argentino[1], un “nuevo régimen creativo” que se contrapone a los trabajos de la década anterior. La denominación hace referencia a un conjunto de largometrajes realizados entre 1996 y 2002 que tienen rasgos epocales en común. Se trata de un conjunto de problemáticas sociales propias de la década del ’90 y de las consecuencias del modelo neoliberal: la creciente desocupación, la flexibilización laboral, el trabajo en negro, la inmigración de países limítrofes, la marginación, la aparición de los nuevos pobres y la figura del excluido.

Freddy es blanco de la discriminación racial y el maltrato verbal y físico por parte de los clientes del bar y la policía (se dirigen a él llamándolo “negro de mierda” o “bolita”). También es sometido en la precariedad de su vida (duerme en un bar) y en sus condiciones laborales (la jornada de trabajo parece interminable).

Según Rossana Reguillo en su artículo “Ensayo(s) sobre la(s) violencia(s): breve agenda para la discusión”, a partir del maltrato y de la representación de algunos grupos sociales como “los malos” (en el que están incluidos los inmigrantes), ese “otro” es demonizado como un extranjero, debido a las diferencias en las visiones del mundo y en las prácticas que esa comunidad estableció como dominantes y propias.

La etapa actual que está viviendo la sociedad, la de las comunicaciones, es representada a través de las migraciones “geográficas, religiosas, sexuales, políticas”. De esta manera, aquellos que emigran a otro país debido a la miseria extrema en la que viven, son vistos como “los salvajes de fin de siglo” y “enemigos del orden”.

Además, en el film también se observa que uno de los asiduos del bar, un vendedor ambulante llamado Héctor, es discriminado y burlado, pero por su condición de homosexual y por ser cordobés.

Por otra parte, Reguillo establece que la ciudad “(…) es hoy uno de lo escenarios donde la violencia muestra con mayor frecuencia su rostro de muerte”[2], como le sucede al protagonista quien, luego de un enfrentamiento con el Oso (uno de los clientes del bar), encuentra la muerte tras un disparo por parte de éste.

La autora propone dos categorías para dar cuenta del impacto que la violencia tiene en los espacios urbanos: confiabilidad y vulnerabilidad. El habitante de las ciudades subsiste en esta relación de tirantez, que ya está firme en el imaginario colectivo.

Para las personas que habitan las ciudades, es importante poner límites a los elementos simbólicos y materiales que son una amenaza para la sociedad.

El ciudadano deja en manos de los expertos la satisfacción de sus necesidades, pero, muchas veces, esos sistemas no funcionan correctamente, revelando la indefensión como cotidiana. Así, los “saberes menores” solucionan la tensión entre confiabilidad y vulnerabilidad, a partir de la instalación de ciertos códigos de conducta y relación, unidos con aquellas representaciones genuinas para el conjunto social. Cuanto mayor sea la vulnerabilidad de ese colectivo social y menor la confianza en los expertos, habrá más tendencia a apelar a las “explicaciones mitológicas” sobre la violencia, como los estigmas contra los inmigrantes.

Tosca Hernández, en su texto “Des-cubriendo la violencia”, señala que ésta es el uso de la fuerza física o verbal para dañar a otro, con el objetivo de obtener de éste algo que no desea otorgar por voluntad propia. Así, el afectado puede responder a esa violencia con contraviolencia.

Este término es utilizado en discursos en los que se busca influenciar la opinión de un tercero, satanizar acciones para distinguir lo bueno de lo malo, con intensión moral o política que justifica la contraviolencia. “Este es uno de los mecanismos de significación que fomenta el establecimiento de los círculos viciosos de violencia”[3]. Siguiendo este comentario, se observa como Freddy, luego de ser víctima pasiva de los maltratos, decide responder a las agresiones del Oso golpeándolo, acción respondida con el disparo que pone fin a la vida del inmigrante. De esta manera y a pesar de su fallecimiento, el boliviano no logra salir de ese círculo de violencia en el que ingresó, ya que se constituye en víctima de su propia contraviolencia.

Freddy es víctima de la violencia y la discriminación a partir de su contacto diario con personas xenófobas, por ejemplo, la constante tensión con los personajes del bar y con la policía misma, quien lo trata como un delincuente cuando lo sorprenden una noche caminando por la calle.

Tal como aparece en Bolivia, Hernández afirma que la violencia irrumpe en la interacción o en la interrelación humana del hombre con sí mismo, con otros hombres o con su espacio propio. La violencia es una manera de vivir del humano, dónde éste no es solamente mera corporalidad ni una forma de vivir, sino una dinámica que implica determinada corporalidad y determinada forma de vivir. Es, a su vez, un hecho comunicativo, demuestra las barreras de “la aceptación del otro junto a uno”, permite mostrar la relación entre humanos y su impedimento o negación.

Como bien ejemplifica el film, “(…) una de las violencias más características de este tiempo es la llamada violencia identitaria, que se manifiesta en todos los procesos de purificación étnica, sectaria o fundamentalista y en procesos xenófobos contra el extraño o el extranjero”[4]. Este tipo de violencia está naturalizado en el interior de la sociedad: “Si en un espacio relacional predominan y se aceptan de manera “natural” (no se perciben como negativas o se perciben connaturales, imposibles de resolver) acciones o comportamientos donde se niega o silencia al “otro” en la relación, se tiende a crear un sustrato cultural favorable a las manifestaciones de la violencia. Este es el caso de las relaciones de poder, discriminatorias, de desigualdad y de exclusión social, favorecidas en dinámicas propias de la estructura social, y que se constituyen a través de su permanencia en el tiempo, en sustrato cultural favorable a su manifestación”[5].

Así, la violencia muestra una matriz cultural vasta que la desarrolla y, una vez originada, la sedimenta otra vez en el inconciente colectivo, lo que permite que aquella violencia sea vivida como natural.

Partiendo de esto, se ve en el largometraje que el discurso xenófobo ejercido hacia el protagonista está tan adentrado en la sociedad que no es observado ni reprobado por el colectivo social. Nadie se atreve a enfrentarlo, frenarlo o ponerlo en duda, sino que todos los personajes alrededor del inmigrante lo repiten y aprueban (excepto Rosa, que es una inmigrante paraguaya), reproduciendo el círculo de violencia.

Según Rosa Del Olmo, en “Ciudades duras y violencia urbana”, las causas de la violencia en las ciudades se encuentran en algunos hechos a escala mundial, nacional y local, que tuvieron lugar desde los ’80, y desataron la problemática actual, “(…) como la crisis fiscal internacional, el desmonte del Estado benefactor, el cambio de los conceptos del gasto fiscal y de la regulación estatal, las políticas de ajuste, el creciente desempleo, las migraciones internas en América Latina, el incremento de la economía informal, el creciente deterioro de los servicios públicos, la corrupción, el narcotráfico y la impunidad”[6]. Todos estos elementos afectaron la calidad de vida de los habitantes de las ciudades y aumentó la cantidad de situaciones violentas, agravadas por las desigualdades económicas y políticas.

En Bolivia se expresa de manera constante el odio hacia los inmigrantes de países limítrofes, porque, según los personajes, “vienen a trabajar al país por dos mangos y le saca el puesto de trabajo a los argentinos”. Esto contribuye a agravar la mala situación del país, la precarización y la falta de trabajo que se experimentaba por aquellos años en los que transcurre la película (finales de la década del ’90, previos a la crisis desatada en diciembre de 2001).

Este discurso frente a los inmigrantes es reproducido desde el mismo Estado. María Seoane retoma a la socióloga Susana Torrado que señala, en relación a los prejuicios sobre los inmigrantes de otros puntos del Cono Sur, que "en 1994 o 95, cuando fue el primer pico de la suba de la desocupación, Cavallo les echó la culpa a los inmigrantes limítrofes. En realidad era una maniobra política porque estaba desnudándose la desocupación inherente a la convertibilidad. Otro tema que golpeó más es que se traían trabajadores limítrofes porque les pagaban menos que a los argentinos. Se usaba esa mano de obra para bajar costos."[7]

Osvaldo Baigorria y Mónica Swarinsky plantean que la díada civilización/ barbarie, instalada en la prensa argentina en el siglo XIX, está aún vigente y es naturalizada por la prensa y por la sociedad actual.

En Bolivia, esta dicotomía está presente. Freddy, e inclusive Rosa, aparecen como la barbarie inmigrante, los “otros” que habitan espacios que no les pertenecen; del otro lado están Enrique y los parroquianos que acuden diariamente al bar, que representan a la civilización y se sienten amenazados frente a la llegada de los “salvajes”, que invaden aquellos espacios que no les pertenecen.


Bibliografía

  • AGUILAR, Gonzalo, Otros mundos: un ensayo sobre el nuevo cine argentino, Santiago Arcos Editor, Buenos Aires, 2006.
  • BAIGORRIA, Osvaldo y SWARINSKY, Mónica, “La máquina de trazar fronteras”, en Martín, Stella y Pereyra, Marcelo (eds.), La irrupción del delito en la vida cotidiana. Estudios en comunicación, cultura y opinión pública, Buenos Aires, Biblos, 2009.
  • DEL OLMO, Rosa, “Ciudades duras y violencia urbana”, en Revista Nueva Sociedad, Caracas, 2002.
  • HERNÁNDEZ, Tosca, “Des-cubriendo la violencia”, en Briceño- León, R. (comp.), Violencia, sociedad y justicia en América Latina, Buenos Aires, CLACSO, 2002.
  • REGUILLO, Rossana, “Ensayo(s) sobre la(s) violencia(s): breve agenda para la discusión”. En Signo y pensamiento nº 29/ segundo semestre de 2006. Bogotá, Facultad de Comunicación Social, Universidad Javeriana.
  • SEONE, María, “Adios al prejuicio de la “invasión” de inmigrantes del Cono Sur”, en Clarín, 11 de abril de 2004. Fecha de consulta: 4 de abril de 2011.




[1]“El Nuevo Cine Argentino tiene su acta de bautismo con el Premio Especial del Jurado otorgado a Pizza, birra, faso, de Adrián Caetano y Bruno Stagnaro en el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata de 1997 y su consagración definitiva en 1999, con los premios a Mejor Director y Mejor Actor dados a Mundo Grúa de Pablo Trapero en el BAFICI”. Aguilar, Gonzalo, Otros mundos: un ensayo sobre el nuevo cine argentino, Santiago Arcos Editor, Buenos Aires, 2006.

[2] REGUILLO, Rossana, “Ensayo(s) sobre la(s) violencia(s): breve agenda para la discusión”. En Signo y pensamiento nº 29/ segundo semestre de 2006. Bogotá, Facultad de Comunicación Social, Universidad Javeriana.

[3]HERNÁNDEZ, Tosca, “Des-cubriendo la violencia”, en Briceño- León, R. (comp.), Violencia, sociedad y justicia en América Latina, Buenos Aires, CLACSO, 2002.

[4] HERNÁNDEZ, Tosca, “Des-cubriendo la violencia”, en Briceño- León, R. (comp.), Violencia, sociedad y justicia en América Latina, Buenos Aires, CLACSO, 2002.

[5] HERNÁNDEZ, T. Op. Cit.

[6] DEL OLMO, Rosa, “Ciudades duras y violencia urbana”, en Revista Nueva Sociedad, Caracas, 2002.

[7] SEONE, María, “Adios al prejuicio de la “invasión” de inmigrantes del Cono Sur”, en Clarín, 11 de abril de 2004. Fecha de consulta: 4 de abril de 2011.

"Ojo por ojo... nos quedamos todos ciegos. Sobre la violencia", por Julián Lucero

La violencia es un fenómeno social extremadamente complejo de definir, objetivar o encuadrar. Diversos autores han trabajado esta cuestión y así han aparecido diferentes definiciones del fenómeno. Hay varias clasificaciones de la violencia, se la puede abordar desde la política, la antropología, la sociología, la psicología, en fin, al ser materia multidimensional, la violencia se presenta al analista como un tema de difícil y complicado abordaje.
La escritora estadounidense Djuna Barnes afirma, en su texto “La broma más pesada”, lo siguiente: “Es una cosa instintiva. Los hombres disparan contra lo que no entienden”. Aseveración tajante y provocativa pero que moviliza una primera e ineluctable discusión en torno de la violencia. Una aproximación inicial a una definición de la misma es señalarla como un producto social. Si bien hay autores o corrientes de pensamiento, como la de Hobbes, que podrían acordar con Barnes y decir que la violencia es instintiva, la realidad y la historia desmienten esta postura. La violencia surge en el seno social, familiar, es decir, la violencia sólo surge en el espacio relacional. No hay violencia sin relación o interacción. En el transcurso de la historia humana ha habido distintos grados y tipos de violencia y prácticas vinculadas. Entonces, no es algo propio, inherente al ser humano, sino que el fenómeno se ubica en determinados contextos interactivos, en los que se inmiscuye la política, las divisiones sociales, la economía, la lucha de clases.
El proceso civilizatorio propio del avance de la democracia terminó de establecer una sociedad en la que la violencia queda, en cierta medida, monopolizada por el Estado. Es interesante y pertinente retomar la postura de Norbert Elías sobre la cuestión. El sociólogo alemán afirma, resumidamente, que el aspecto clave del proceso civilizatorio es la monopolización de la violencia, por parte de un Estado, dentro de un territorio definido. Este proceso, que en sí mismo no es ni racional ni irracional, desarrolla una red de relaciones entre los hombres, aumentando la interdependencia de los mismos. Otra transformación clave es la profundización de la división de las tareas y funciones sociales, lo que también aumenta los niveles de dependencia mutua entre los hombres. Estos cambios afectan directamente la modelación de los aparatos psíquicos de los sujetos y su constitución afectiva. La extrema división de tareas implica una labor asociada de diferenciación entre sujetos, la cual es realizada desde que estos nacen. De este modo, la red de relaciones se complejiza más y más y los individuos son socializados bajo las normas de autocontrol y “normalidad”.
La monopolización estatal de la violencia implica el establecimiento de zonas pacíficas, en las cuales los cuerpos no pueden comportarse libremente o pasionalmente. La civilización constituye sujetos (auto)dominados y reprimidos. La vida se estandariza y todo se opaca, la cotidianeidad carece de sobresaltos y todos los días son iguales unos a otros. Cada sujeto es igual a su vecino.
En el trabajo de Rossana Reguillo, “Ensayo(s) sobre la(s) violencia(s)”, resuenan ecos de la propuesta de Elías. Ella se refiere a la importancia de las categorías de “confiabilidad” y “vulnerabilidad” para analizar las violencias urbanas. Los ciudadanos deben confiar en que podrán desplazarse libremente, que no serán atacados y que sus necesidades básicas urbanas están satisfechas o disponibles. La confianza remite a las cadenas de interdependencia que vinculan a los sujetos y los llevan a comportarse de modos previsibles y no violentos.
Resumiendo, los Estados nacionales se apropian de la violencia legítima y la organización socioeconómica aumenta la dependencia intersubjetiva y social. Así, un hecho violento realizado por un agente no estatal será rechazado, señalado como desubicado y reprimido. Ahora bien, la violencia ejercida por el Estado no será puntualizada como tal. La represión estatal es pensada como algo justificable. Se hizo lo que se debía hacer, se reinstauró el orden, podría decir algún portavoz oficial. Pero jamás diría que el accionar estatal fue violento.
Con respecto a esto último, otra clave para avanzar en la definición de la violencia es que esta es siempre externa. Nunca los agentes o las instituciones se reconocen como violentos. El desorden siempre está en el exterior, en el otro. Si uno tuvo que ejercer violencia fue por el simple hecho de que alguien o algo externo la ejerció primero. Esto es, la contraviolencia no sería violencia per se, sino una respuesta legítima y legal frente a una violencia primera, externa e incivilizada.
Un aporte clave para entender esta violencia legítima es el aporte teórico de Bourdieu, con su noción de violencia simbólica. Esta violencia se caracteriza por imponer significaciones y señalarlas como legítimas, lo que implica rechazar toda otra significación. Al imponer una significación como legítima, la violencia simbólica hace que esta sea indiscutible. Uno de los mayores violentos simbólicos, por decirlo de un modo grosero, es el Estado. El autor francés realiza su análisis a través de un trabajo sobre el sistema educativo. Pero la violencia simbólica del Estado es omnipresente. El Estado es quien determina lo legítimo en una sociedad. El punto clave y esencial para el éxito de la violencia simbólica radica en su carácter eufemizado o tamizado. La violencia simbólica nunca es reconocida como tal. Se reconocen los valores legítimos, impuestos por el Estado, por ejemplo, pero se desconoce su carácter arbitrario. De alguna manera, Bourdieu afirma que la violencia se ejerce sobre los agentes con cierta complicidad (en este proceso es central el rol jugado por el habitus).
La violencia simbólica, entonces, es un fenómeno imperceptible, implícito. Su mayor valor es que suplanta el gasto que implicaría recurrir a la violencia física como medio de imposición de significaciones. La arbitrariedad de las representaciones legítimas debe permanecer siempre oculta, esto es, estas representaciones deben pasar por “naturales” o “normales”.
En una postura similar a la Bourdieu, Segato, en su trabajo sobre la violencia moral, también se refiere a la arbitrariedad propia de los mecanismos que garantizan el mantenimiento de cierto estado de situación. Ella pretende destacar el verdadero y complejo valor de la violencia moral, ese fenómeno oculto, de difícil reconocimiento. De ningún modo niega la violencia física, pero esta es evidente. En cambio, la moral o simbólica (diría Bourdieu) no es sensible, es difusa pero omnipresente y es el verdadero mecanismo de poder que perpetúa el control y la opresión social. Así, las mayores violencias, las más poderosas, se ejercen de modos invisibles y tienen un origen ilegítimo, ya que son arbitrarias.
Los medios de comunicación, tanto en sus discursos informativos como ficcionales (como analiza Reguillo en el texto ya mencionado), también ejercen violencia simbólica y buscan imponer significaciones y representaciones legítimas. De esta manera, los grandes medios considerarían un delito y un acto de violencia, por ejemplo, un paro de transporte. En los últimos años, en el contexto del conflicto gremial en los subtes, hubo varias medidas de fuerza obreras que paralizaron los servicios. Así, cientos de miles de usuarios se vieron obligados a recurrir a otros medios de transporte. La cobertura mediática no excedió el rechazo a la medida y la enunciación sensacionalista, mostrando una y otra vez el “caos” de tránsito y el malestar de los pasajeros. Las razones de los paros nunca fueron el eje retórico y todo se reducía a afirmar que el reclamo podía ser justo pero el método (el paro) era una barbaridad. Frente a este paro se le exigía al gobierno que intervenga y solucione el conflicto. Entonces, la medida gremial era considerada violenta, le imponía a los usuarios condiciones extra-ordinarias (rompía las cadenas de interdependencia, alteraba la confiabilidad propia de la vida urbana) y generaba un caos en la ciudad. Frente a esto, el Estado debía actuar y, como mínimo, llamar a conciliación obligatoria. Ahora bien, la pregunta es casi obvia: ¿no es acaso la conciliación obligatoria un acto de violencia estatal? Ya desde el nombre se impone la violencia: esta instancia es obligatoria. De no aceptar la conciliación, un gremio puede ser multado o incluso perder su personería jurídica. ¿Esto no es violento? Frente a un conflicto, irresoluble entre las partes implicadas, el Estado se entromete y obliga a finalizar el conflicto, sin garantizar una respuesta positiva para ninguno de los agentes en disputa.
Otro ejemplo claro y concreto son las manifestaciones populares en la vía pública. El corte de calle es, según la mirada mediática, algo inaceptable, casi bárbaro. Se impide la libre circulación y esto es inaceptable. Poco importa el porqué del corte. Así, se insta al Estado a intervenir y reprimir la protesta. Los caminos deben ser liberados y entonces, las fuerzas policiales del Estado están autorizadas a atacar con gases o armas a un grupo de manifestantes. Pero eso sí, esto no sería violencia. En todo caso, fue una respuesta inevitable frente a la violencia primera y externa de los que protestaban.
Estos ejemplos, además de demostrar que la violencia legítima no deja de ser violencia y puede ser aún más violenta que otras violencias, dan cuenta de un aspecto más antropológico y sociológico del modo de vida social humano. Es muy atractiva la postura de Tosca Hernández, retomando a Maturana, de que la violencia es una forma del vivir humano. Así, coincidiría con lo dicho al comienzo del ensayo sobre que la violencia no es genética o inherente al ser humano. La violencia emerge en el espacio relacional. Hernández dice que es creada en la interacción humana. Este aporte es muy interesante para poder analizar en toda su densidad los hechos sociales. Retomando los ejemplos previos, más allá de la desnaturalización que se debe hacer de la violencia ejercida por el Estado, también es necesario puntualizar que el accionar de un gremio cuando llama a un paro o de un grupo de personas que por cierto reclamo cortan una calle, también es violencia. La violencia aparece así como un modo de convivir, una manera de resolver problemas. Puede ser física, moral, simbólica, implícita o evidente, pero es una determinada forma de enfrentar la conflictividad propia de la interacción humana. (Desde ya, esto no debe entenderse como una incitación a abandonar medidas de lucha o protesta. Sólo se destaca el carácter violento de esas prácticas para promover un proceso de auto-reflexión sobre la convivencia social y cívica)
Retomada la cuestión de la interacción y su vinculación estricta con la violencia, vale la pena destacar que en toda relación humana habrá dominados y dominantes. Mejor dicho, mientras se viva en un estado capitalista burgués, con leyes y lógicas mercantiles y de competencia y división del trabajo, entonces las interacciones humanas, inevitablemente, serán desiguales. El problema con el capitalismo, más allá de las críticas de carácter económico o técnicas que se le puedan hacer, es que es generador inevitable de desigualdades sociales. La sociedad capitalista igualitaria no podría existir. El Estado burgués no jerárquico, con absoluta igualdad es impensable. Entonces, partiendo de este hecho, toda relación humana será inequitativa y violenta. Habrá algunos poderosos, dominantes y hegemónicos y otros débiles, dominados y subalternos. De esta manera, la razón del más fuerte se impondrá sobre la del más débil. La ideología imperante de una época, parafraseando a Marx, será la ideología de su clase dominante. Esta es la que cuenta con los medios de todo tipo para imponer sus representaciones y para trazar las fronteras entre lo deseable y lo indeseable, entre lo legítimo y lo ilegítimo. Hablando de fronteras emerge nuevamente la cuestión del otro, de la violencia externa. Aquello que caiga por fuera de las fronteras trazadas por el poder dominante será calificado como ilegal, ilegítimo, bárbaro, salvaje. Y de este modo, la represión queda autorizada: al deshumanizar al otro o a sus prácticas, entonces lo legítimo puede avanzar y la represión o rechazo es sólo la expresión obvia y natural frente a la alteridad salvaje.
Entonces, el tristemente célebre par antagónico sarmientino se muestra operativo y gozando de buena salud. El texto de Baigorria y Swarinsky así lo demuestra, en su recorrido mediático de la utilización contemporánea de la díada civilización/barbarie. El discurso periodístico recurre cotidianamente a esta díada. Es una gran herramienta reduccionista y simplificadora. Las personas que tomaron el parque indoamericano, por caso, eran “peruanos”, “ladrones”, en cierto modo, salvajes. Aunque en realidad, todo se reduce a decir que los que tomaron el parque “no son como uno”, entonces, son peligrosos y se debe accionar sobre ellos. La díada funciona como una tremenda máquina estereotipante, capaz de reducir las situaciones más complejas a simples enfrentamientos entre la razón y la sinrazón, entre lo civilizado y lo incivilizado. Esta perdurabilidad de la herramienta de análisis de Sarmiento demuestra, a su vez, la vigencia de la lucha de clases. Respecto a esto, Bourdieu menciona que en la sociedad hay relaciones de fuerza y relaciones de sentido. Siempre se busca imponer un sentido sobre otro. Esta lucha simbólica no se puede analizar por fuera de las clases sociales y de las luchas entre ellas. Las clases dominantes se autocalifican como civilizadas, con prácticas legítimas y modos correctos. Las clases dominadas son calificadas por las dominantes como no civilizadas, con prácticas peligrosas y modos escandalosos.
Esta máquina de trazar fronteras, como la definen los autores, que es la díada civilización/barbarie también es una muestra de la violencia simbólica ejercida, por ejemplo, desde los grandes medios de comunicación. El recurso constante a estereotipos implica una simplificación del sentido y de la conflictividad social. La cuestión radica en que no todos tienen acceso a este poder estereotipante. Como bien señala Crettiez, “¡no cualquiera tiene el poder de nombrar!”.
Como conclusión, retomando algunos de los puntos desarrollados a lo largo del ensayo, se debe reiterar una vez más la extrema complejidad semántica y social del término violencia. Quizás suena superficial pero es clave realizar un arduo trabajo de reflexión para desnaturalizarlo y contemplarlo en sus múltiples dimensiones. La violencia es generalmente circunscripta a lo físico, a las acciones que implican un ataque sobre la corporalidad humana. Los delitos son violentos, según la retórica mediática hegemónica, cuando afectan el cuerpo o los bienes de un sujeto. Un crimen violento es el asesinato a sangre fría de un ciudadano o el robo sufrido por la familia del ex futbolista “Tata” Brown. En este episodio, a su esposa los delincuentes le dijeron “no te matamos porque somos Pinchas”. Esta amenaza sobre la vida es violenta. Ahora bien, un caso de corrupción gubernamental no es violento según esta retórica. Los casos comprobados de corrupción de, por ejemplo, Felisa Miceli o Ricardo Jaime son más bien escándalos políticos, pero no delitos ni mucho menos violentos. De esta manera la violencia es simplificada. No es violencia la represión del Estado, la corrupción política, las estafas económicas, las imposiciones estatales, etc.
A modo de hipótesis puede postularse que este nombrar como delito y violencia a sólo aquellos hechos que afectan la vida o los bienes privados es un ardid del régimen socioeconómico dominante y hegemónico. El capitalismo no puede tolerar dentro de su sistema la inestabilidad en la propiedad privada. El robo de los bienes personales es una violación de gran magnitud dentro del régimen burgués, ya que afecta el postulado básico de la propiedad privada. Pero una estafa bancaria o bursátil es aceptada y clasificada como un exceso o desviación. No como delito. No como un hecho violento. Cortar una calle supone alterar, en mayor o menor medida, los tiempos productivos. Esto es inaceptable para el mercado. En cambio, la acción estatal lacrimógena y gomosa que reprime el corte no sólo se acepta, sino que se festeja. Reinstala el orden y los tiempos de la producción se normalizan. Por esto mismo no es violencia.
Esta hipótesis conduce lógicamente a postular que la lucha de clases efectivamente continúa, que los intereses de las clases dominantes son los defendidos por el Estado. La alteridad es clave en este sentido: el violento siempre es el otro, el manifestante, los que hacen paro, etc.
Pero la complejidad del asunto requiere ser ecuánimes y no caer en populismos académicos. Un paro, un corte de calle, son acciones violentas. Es necesario captar en toda su potencia la propuesta de Hernández y considerar a la violencia un modo de convivir. Al tomar este camino quizás se puede comenzar a desmenuzar completamente el concepto e intentar buscar alternativas. La desnaturalización implica demostrar que la violencia existe, aunque en su forma moral o simbólica se presente de modo subrepticio u oculto. Nadie, ni el Estado ni los gremialistas, se consideran violentos. Pero los dos son violentos (aunque ejercen la violencia en grados absolutos de desigualdad). Sólo por este camino de auto-reflexión se podrá buscar una alternativa, un nuevo modo de vivir, de interactuar que destierre definitivamente todo tipo de violencia, sea simbólica, étnica, identitaria, física, sexual, de género o de cualquier otro tipo. La utopía de un mundo no violento y de absoluta igualdad, donde la alteridad no suscite miedos sino respeto y aceptación, debe ser el horizonte de todos los esfuerzos analíticos, académicos, sociales, políticos, en fin, humanos.